Uno de ellos le dijo, la primera vez que yo le tuve delante:

—Presento á usted este caballero que acaba de llegar de provincias.

—Ya se le conoce—respondió el hombrazo, mirándome con mal gesto; y añadió:—Vendrá á lo que todos los de esa banda: ¡á medrar aquí á nuestra costa!

Cargáronme soberanamente la grosería, la voz, la cara, el gesto; el hombre, en fin, de pies á cabeza; tomé la cosa por lo serio, y le solté tal andanada, y tan de corazón, que yo mismo, que no recordaba haberme enfadado jamás, me asombré de lo mucho que se me ocurría y de lo elocuente que estuve. Aplaudiéronme los estudiantes con el piadoso fin de echar más leña al fuego en que se quemaba el otro, y lo lograron, porque Agamenón se puso hecho un jabalí, y solamente se le bajaron las cerdas y escondió los colmillos, cuando me vió dispuesto á pegarle un botellazo, si él por su parte trataba de acudir á razones de parecido calibre. Después revolvió la banqueta sin levantarse de ella, tumbando con las patas otras dos desocupadas; y se fué gruñendo, con un periódico en cada mano y el bastón debajo del brazo.

Explicáronme entonces mis amigos lo que era aquel animal que parecía un hombre, y me pesó lo que había hecho; pero Matica, que estaba presente, aprobó en serio mi conducta y me saludó en broma como al Cicerón abrumador de aquel estúpido Catilina. ¡Y yaya si me dió cierta consideración entre las mesas circunvecinas aquel lance! y aun cierta soltura y como un poquillo de afición á la frase oratoria, para las sucesivas, pero amistosas controversias, en que tomaba yo parte muy activa con mis compañeros y paisanos. Á estos lances se refería Matica, sin duda alguna, cuando ponderaba mis «pompas de jabón».

En cuanto al hombrazo aquél, volvió á la noche siguiente á nuestra mesa, tan fresco como si nada hubiera pasado entre nosotros, de lo que me alegré mucho, porque, sabiendo lo que era, me divertían sus originalidades.

Uno de mis amigos (el de la montera asturiana) tenía una novia. Comenzaron por hacerse gestos detrás de las vidrieras; siguieron las cartitas por debajo de la puerta, y concluyó la novia por franquear las suyas á mi amigo. Encarecíame éste los ratos que pasaba adentro, y yo no lo ponía en duda. Según él, todo era allí patriarcal y amoroso como una égloga de Garcilaso; todo sencillez, todo familia, en el sentido más dulce de la palabra. La novia, Trinis, era un ángel intus et foris; su hermana mayor, Luz, un tipo de vestal romana, con las virtudes y el arreglo de una monja paulista; la madre, una santita de Dios, y su padre, un patriarca bíblico. Además, solían bajar algunas noches las del cuarto piso y subir las del segundo; y como había un pianejo regular en la sala, se bailaba los domingos, y en las noches de entre semana cantaba Luz tres melodías á cual mejor; en fin, que se pasaba allí muy bien el tiempo. Mi amigo se había tomado la libertad de anunciar mi presentación en aquella casa, á título de mayorazgo rico y soltero, que había ido á Madrid á ver el mundo, y ellas, que me conocían ya por haberme visto en la calle con él, esperaban mi visita con vivísimos deseos. De manera que con este solo motivo (sigue discurriendo mi amigo) yo no podía, decentemente, dejar de entrar en la casa. Además, me convenía, para ver y aprender un poco de todo, é irme instruyendo y soltando en los usos y procedimientos del trato social. Las reuniones eran de entera confianza; podía ir con lo puesto, sin gastar un ochavo: á lo sumo, un par de guantes de medio color, no por la casa precisamente, sino por mi propio lustre.

¡Grandísimo tuno! Lo que en mí iba buscando era un cirineo que cargara en la tertulia con la cruz de toda la familia, para dedicarse él, con mayor fruto y sosiego, á la empresa que le llevaba allí. Pero me dejé presentar de buena gana, porque también yo pensaba que me convenía saber de todo, si estaba á mis alcances.

Si las hubiera habido en la casa, me hubieran recibido con volteo de campanas; y lo afirmo porque, á faltas de ese agasajo, me hicieron cuantos podían hacerme aquellas excelentes personas. «¡Tenemos tantísimo gusto!... ¡Pase usted!... ¡Más adentro!... ¡Aquí, en la butaca!... ¡No, en el sofá!... ¡Deje usted el sombrero!... ¡Trae esa luz al velador, Trinis!... digo, si no ofende á la vista... ¡La pantalla verde!... ¿Por qué se ha quitado usted el abrigo?...». Y yo, á todo esto, cabezada va y encorvadura viene, apretón de manos aquí, cumplido allá, sin saber á quién, porque toda la familia me rodeaba y se movía y hablaba á un tiempo; y en el sitio en que empezaba una de las hijas, concluía su papá: parecía que estábamos jugando á las cuatro esquinas.

Al fin se calmó aquello y nos sentamos todos: Trinis junto á mi amigo, en el rincón de la derecha; Luz á mi izquierda; su mamá al otro lado, y junto á ésta, en una butaca, su papá. Y empezó la sesión con todas las majaderías y vulgaridades de costumbre, sobre si me gustaba Madrid, y cuánto tiempo hacía que había llegado; si le veía por primera vez; si echaba de menos á mi país; si tenía buenas noticias de mi casa...