El señor de la en que yo me hallaba (y comienzo por él porque le tenía enfrente), don Magín de los Trucos, era bajito y regordete, y muy corto de vista, de brazos y de cuello; tenía peluca y unos asomos de patilla rala y entrecana, recortada á la altura de los oídos. De allí para abajo, todo era moflete limpio.

—¡Conque de las Montañas de Santander!—exclamó con voz algo atiplada, enfilándome los anteojos y restregándose las manezuelas.

—Para lo que ustedes me manden,—respondí yo, muy fino, golpeándome suavemente la boca con el puño del bastón.

—Por cierto—añadió don Magín cambiando de postura en la butaca y buscando con la voz los puntos más graves que podía alcanzar,—que la última vez que yo hablé de ese país, fué ocho años hace con mi pobre amigo Trigales, con motivo de necesitar éste una nodriza para su sobrina. ¡Qué coincidencias tan extrañas se ven en la vida! Tal como hoy hablamos de la Montaña, y quince días después se moría mi amigo de una pulmonía. ¡Vea usted qué casualidad!

No la veía yo tal; pero asentí á la exclamación con otra parecida; y saltó la señora de don Magín, y dijo:

—El año pasado me regalaron unas amigas mantequilla de las Montañas de Santander. ¡Qué rica era con el chocolate! Abundará mucho allí, ¿no es verdad?

Volvíme para responder á esta señora, y entonces reparé en que era el vivo retrato físico de su marido; y más que su mujer, parecía su hermana mayor, porque representaba más años que él, y aun era más barriguda y fuerte de voz, y quizá de barba.

—Es lástima—continuó,—que esa tierra no sea más conocida, porque me han dicho que es muy pintoresca, y está toda llena de pasiegas... y de peñascos espantosos.

Advierto que, por entonces, «todo Madrid», incluso los literatos, tenían de la Montaña la misma idea que la señora de don Magín de los Trucos; el cual, sin darme tiempo para responder á lo expuesto por doña Arcángeles (que así se llamaba su mujer), díjome:

—Y de política, ¿qué tal se anda por allá? Mal, supongo yo; porque ustedes, atentos á sus rebaños, á sus boronas y á sus besugos... Hombre, ¡qué casualidad! el mismo día que comí yo besugo la última vez, ahora por Navidad va á hacer un año, me tocaron cuarenta y dos reales á la lotería primitiva. Mire usted que es raro, ¿verdad? Pues como decía, aquí, en cambio, hallará usted los ánimos hechos una pólvora con eso de las economías de Bravo Murillo: unos, porque si no sabe lo que se trae entre manos; otros, porque si lo sabe con exceso, y que zurra y que dale... ¡y vea usted qué casualidad más rara! el mismo día en que fué nombrado Bravo Murillo presidente del Consejo, cumplí yo sesenta y dos años y perdí la última muela que me quedaba en la boca... Por lo demás, caballero, aquí hallará usted una pobreza, si se quiere; pero confianza y buen deseo, como sabe muy bien su amigo de usted desde que nos honra con su presencia. Luego vendrán las chicas de la vecindad; y con éstas, que son también animadas de por sí... en fin, se pasa tal cual el rato.