Uno bien largo duró todavía este sabroso tiroteo del apreciable matrimonio, sin dejarme meter baza, siquiera con unos cuantos monosílabos de cortesía, mientras Trinis y su novio no daban paz á la lengua (muy bajito), ni á los ojos, y jurara que ni á las rodillas, y Luz se entretenía á mi lado jugueteando con los colgantes del cinturón de su vestido.
Al fin se marchó con mi venia don Magín, pretextando ocupaciones urgentes en su despacho, y poco después, con parecida excusa, su dignísima señora. Quedéme solo con Luz. Solo digo, porque Trinis y el estudiante se conceptuaban á solas también. Miróme Luz entonces, como diciéndome: «á ti te toca empezar», y respondí yo con otra mirada, sin ocurrírseme cosa mejor que decirle.
No era tan «vestal» como me la había pintado mi amigo; pero sí resto muy agradable de algo parecido á ello. Estaba un tanto marchita y como trabajada por largos y malogrados deseos de cambiar de vida; pero aún eran bellos é insinuantes sus ojos, blanca y apretada su dentadura, y esbelto y bien contorneado su talle. En cambio, su hermana rebosaba de juventud y frescura. Era toda una guapa moza, quizá con exceso metida en carnes, por ser de talla menos que regular. Para ángel, como la había llamado su novio, me pareció demasiado maciza. Lo que era, sí, muy pegajosa; y eso bien á la vista estaba.
Como yo no rompía á hablar, lo hizo Luz con las generales de la ley; y en esto estábamos candorosamente entretenidos, cuando comenzaron á llegar los contertulios del cuarto y del segundo: entre todos, diez personas por el estilo de las de la casa, en cuanto á pelaje y flacidez del atavío; pues en lo que toca á nutrición, si se exceptúa á Luz, que no pecaba de rolliza, la familia de don Magín era mucho más lucida que las otras, que se descomponían en cuatro papás (dos matrimonios, se entiende), cuatro señoritas y dos muchachones deslavazados, zanquilargos, orejudos y narigones, de voz bronca y desentonada, y algo cortos de mangas y perneras, como que estaban en el período de muda. Eran estudiantes de San Isidro, con ánimos de ir para boticario el uno, y para ingeniero el otro, y comenzaban entonces á bailar en familia, para irse haciendo á la buena sociedad. En este punto, lo mismo que yo. Entre tanto, habían vuelto también á la sala don Magín y su señora, y me fueron presentando á todos y á cada uno de los recién llegados, á título de «caballero principal de las Montañas de Santander, soltero, que viajaba por recreo».
Y ya la tertulia en pleno, y sin dejar que se sentaran los que aún estaban de pie, comenzó don Magín á dar recias palmadas y grandes voces para imponerse á la algarabía que reinaba allí; y empujando á éste y apercibiendo á aquél y haciendo que se sentara al piano una de las señoritas del segundo,
—¡Ea!—gritó cuanto pudo.—¡Á bailar se va!
Después metió el velador del centro en el gabinete, y fué arrimando á la pared las butacas y cuanto estorbaba en la sala, que no era grande. Cubría su suelo embaldosado una estera de cordelillo, y colgaban de las paredes dos grandes cuadros bordados con felpilla (un Divino Pastor con su borrego, y un Bautismo del Salvador en el Jordán), obras ambas de las niñas cuando iban al colegio; un espejo sobre la consola, la cual sostenía dos floreros de trapo, un reló de centro y dos pastores de cascaritas, cosa muy estimada entonces en Madrid; un grupo al daguerreotipo, de toda la familia, y un tirador de campanilla, ancha cinta de seda terminada en un anillo de latón dorado; la sillería era de caoba vieja y damasco de lana verde marchito, como la cinta y como el papel de las paredes, en cuyos ángulos había rinconeras con tazas y platillos de porcelana, toreros de barro y otras baratijas.
Rompimos el baile Luz y yo, por todo lo fino, y Trinis y su novio, que parecían el papel y la oblea por lo pegados que iban. Los demás se arreglaron como pudieron. Y así, con ligeros descansos y trocando las parejas (menos mi amigo, que no soltó la suya un momento) y con dos melodías cantadas por Luz, bastante mal, hasta las once de la noche.
Al despedirme, empeñada ya mi palabra de volver «á menudo», díjome Luz:
—Sé que es usted poeta, y me va usted á hacer un favor.