Asombréme de que tal supiera, y díjome que lo sabía por mi amigo. El tal amigo se había despachado á su gusto.
—Suponiendo que lo fuera—respondí yo,—¿qué favor puedo hacer á usted con serlo?
—Honrar mi álbum escribiendo algo en él.
¡Su álbum! En aquel tiempo estaba el álbum en todo su auge y en la fuerza de su esplendor. Todo el mundo tenía álbum, y al hombre más inofensivo se le enviaban á su casa para que «pusiera algo» en él, cuando no se lo metían por los ojos, de sopetón, para que en el acto escribiera «alguna cosa bonita». Sin embargo, como la oferta del álbum era una patente de capacidad, había hombres que se pagaban mucho de esas ofertas, y hasta las solicitaban con intrigas. En descargo de mi conciencia, declaro que en aquella ocasión me infló un poco la vanidad la oferta del álbum de Luz á título de poeta, aunque me constaba que me había levantado ese falso testimonio el novio de su hermana. Acepté, pues (no sin remilgos y protestas de fingida modestia), y Luz me entregó el libro, ó mejor, el estuche que le encerraba.
Lleváronme casi en volandas hasta la puerta, donde puede decirse que se despegaron Trinis y mi amigo; y pregunté á éste en cuanto nos vimos en la calle:
—Pero, alma de Dios, ¿adonde piensas llegar (me tuteaba ya con todos mis compañeros de posada) por ese camino?
—¿Por cuál?—preguntó, á su vez, mi amigo.
—Por ese en que te he visto toda la noche con tu novia.
—Pues nos dejamos conducir tan guapamente.
—Ya; pero ¿hasta dónde?