—Hombre... pues todo lo más allá que yo pueda.—Y añadió, arrimándose mucho á mí:—¡Ay, Pedro Sánchez de mi alma! no me dejes, no me abandones. ¡Si vieras qué beneficio nos has hecho! ¡Sin ti no soy hombre: tengo que atender á todo; estar en todo, especialmente cuando no es noche de tertulia; ser joven atento y fino con los papás, y, al mismo tiempo, apasionado galán de mi novia; y como la familia ya sabe que lo soy, y en tal concepto me abrió las puertas, tendré que hablar de mis honestos fines, y apuntar propósitos para mañana, y deslizar noticias de mi familia y bienes; y esto no puede ser, porque me reiría yo de mí mismo!... Pero estando tú... ¡oh! tú lo llenas todo: todos te miman, todos te escuchan y casi te adoran; y al amparo tuyo... ya lo has visto... ¡Ay, qué noche, Pedro Sánchez!
—¡Cáspita!—exclamé, apartando de un codazo al fogoso novio de Trinis,—¡pues me honras con el oficio que me das!
—¿Por qué no haces tú lo mismo con Luz?—preguntóme, volviendo á arrimarse á mí.—Pues yo contaba con eso, porque ella está deseándolo... ¡Y mira que es guapa!... y hasta un poco sentimental, como á ti te gustan... ¡Y digo! al ver ella que un mozo de tu estampa... porque, sin adularte, la tienes de primera; y que, además, es mayorazgo rico que viaja para ver mundo, y quizá casarse á su placer... Vamos, que será las puras mieles. ¡Te digo que no merecerás perdón si desaprovechas la ganga!... Mira qué pronto se largaron los papás en cuanto te vieron arrimado á ella.
—Pero ¿en qué casa me has metido?—pregunté con la mayor ingenuidad á mi amigo, al oirle hablar así.
—Pues en una casa muy honrada,—me contestó.
—¡Mucho, cuando se consienten y hasta se preparan esas cosas!
—Así y todo. Óyeme. Del tipo de esta familia, las hay á centenares en Madrid: viven de una jubilación, de un destinillo, de una renta mezquina... de cualquiera cosa; pero viven, y no deben nada á nadie, y son buenas y hasta devotas. Pero tienen la manía de los novios para «las chicas»; y llega uno de éstos, y se va, y no vuelve; y no escarmientan; y reciben otro, ó le buscan, y se larga también, y aun se dan casos de llevarse algo que no tiene vuelta posible; y tampoco escarmientan: á otro en seguida; ¿es un estudiante? él acabará la carrera; ¿es un desdichado sin empleo? él mejorará de posición; ¿es un cadete? él llegará á general. Lo primero es que haya novio, ¡novio á todo trance! Aquí, donde me ves, hago el número cuatro de los que ha tenido Trinis á las barbas de sus adorados papás. ¡Sabe Dios el que harás tú en la larga lista de los de Luz, si te decides á requebrarla!... que sí te decidirás, por la cuenta que nos tiene.
El demonio me lleve si no me entraron ganas de estrellar el álbum que conservaba bajo el brazo, contra los adoquines de la calle, al oir al pícaro estudiante. No me había forjado yo grandes ilusiones con el recibimiento que debí á la familia de don Magín de los Trucos, puesto que sabía que fueron la causa principal de él los falsos informes de mi riqueza dados por mi amigo; pero ¡tanto como escribir coplas por lo fino á una mujer así!...
—Pues tómala como se te presenta, bobo—dijo mi acompañante respondiendo á estos reparos;—y ¡á vivir! Después de todo, ¿qué te importa si no te has de casar con ella? ¡Cuando te digo que te resientes mucho del país!...
Y era verdad que me chocaban extraordinariamente aquellas costumbres nunca por mí vistas ni soñadas.