Cuando llegamos á casa y me encerré en mi dormitorio, mi primer cuidado fué abrir el estuche para ver el álbum. Tenía tapas forradas de terciopelo azul, con esquineros y el rótulo del centro dorados. Le abrí, y arrimándome al velón, comencé á hojearle. Me asombré. Estaba lleno de todos los imaginables artificios poéticos. Había acrósticos hacia arriba, hacia abajo, de través, en diagonal, á la derecha y á la izquierda; estrofas en forma de cáliz, de guitarra, de cruz, de pirámide y de reló de arena; sonetos encerrados en orlas de pichones con guirnaldas en el pico; seguidillas encestadas... ¡qué sé yo! y el nombre de Luz en cada copla; y Luz cantada por todas partes: por los dientes, por los ojos, por el pelo, por el talle, por la voz y por cuanto á la vista estaba y mucho más. Las firmas eran de Eduardo López, Arturo Díaz, Santos Perales, Alfredo Granzones, y así por el estilo. Yo elegí el cuello, por estar casi intacto en el álbum; y en cuanto me hube acostado, «discurrí» materiales para dos décimas, sin que se me quedara perdido en la memoria un solo voquible del catálogo usual y pertinente al caso: tornátil, ebúrneo, alabastrino, mórbido, níveo... nada se me olvidó. Al día siguiente escribí, á pulso y pareadas, las dos décimas; las separé con una flecha punta arriba, y firmé con mi nombre y apellido completos; que bien podían estar tranquilamente allí donde había tantos que no valían más que ellos, ni sonaban mucho mejor. Encima de todo escribí, en gruesa francesilla, que sabía yo hacer muy bien: Al cuello de Luz; y se lo llevé por la noche.

Ahora querrán ustedes saber en qué paró aquella historia. Pues paró en que, al cabo, «me declaré» (como decíamos entonces) á la hija mayor de don Magín de los Trucos. Pero ¿cómo no hacerlo, si me echaba unos ojos, y se arrimaba tanto, y me respondía de un modo!... Luego, aquellos estúpidos papás, lo mismo era vernos juntos, que nos dejaban solos, enteramente solos; porque la otra pareja, cada día estaba más distraída y apartada.

Y una noche, saliendo, me dijo mi amigo sonriéndose:

—¿Piensas tú volver?

—¿Y tú?—pregúntele yo á mi vez, y también algo risueño.

—Yo no,—me respondió.

—Pues yo tampoco.

Y no volvimos más.