—Sí, para la calle no está usted mal, y para los salones de don Magín de los Trucos; pero ¿no hay más que eso?

—Y otro poco por el estilo... Pero ¿qué pretende usted?

—Hacerle subir dos escalones.

—¡Demonio!—exclamé entre el placer y el espanto.

—Nada de etiqueta. Si la hubiera, no le llevara yo á usted allá ni fuera yo tampoco. Lo que se llama de confianza: toda la que puede haber á ciertas alturas. Es una dama de buen gusto que recibe en familia algunas noches á las personas de su intimidad... y á otras que no lo son. Se baila poco, á veces nada; pero se habla mucho y hasta se canta y se lee. Salones lujosos, eso sí; tal cual dama indigesta y algún que otro caballero insufrible... ¿se estremece usted? Es natural, pero mal hecho. Á mucho menos está usted obligado allí que en casa de don Magín de los Trucos. En ésta se llevaba usted las atenciones... y los comentarios de todos; en la otra nadie se fijará en usted, incluso la señora, que, después de responder á la presentación que yo le haré de usted con cuatro frases de pura cortesía, le dejará dueño de andarse por donde se le antoje y de arrimarse á quien más le agrade. ¡Y si fuera usted solo el que no sabrá qué hacerse allí!... Pero muchos habrá de tercera fila en este alfeizar y en aquel rincón, ó á la sombra de los demás, retorciéndose el mostacho ó jugueteando con la leontina, sin que se les ocurra cosa mejor en toda la noche, si no es mirarse á menudo en los espejos, hacer cuatro cabriolas si tocan á bailar, ojear á las chicas guapas y oir lo que les agrade, no dejando allí más rastro ni más huella que los pájaros en el aire... Conque nos haremos una levitilla, con otros ligerísimos accesorios...

—¡No iré!—dije resueltamente, por el sinnúmero de razones que en un instante se me pusieron delante de los ojos.

—¡Pues hemos de ir!—insistió Matica;—porque ha de saber usted que la principal golosina de esos salones es la presencia en ellos de una parte muy considerable del estado mayor de nuestros literatos y políticos. Tendrá usted, pues, ocasión allí de verlos, de palparlos y de oirlos, y hasta de convencerse de que los más de ellos, mientras no ejercen, son tan inofensivos y sencillotes ciudadanos como usted y como yo.

Estaría escrito ó no lo estaría; pero es lo cierto que tentándome Matica por un lado, y por otro mis flaquezas y debilidades, desmoronóse aquélla mi fortaleza de cuerdas reflexiones, é hízose todo como mi amigo quería; y una noche me desconocía á mí propio, reflejándome en el espejo de la salita de la posada, embutido en la intachable librea que se exige á los hombres de «buena sociedad» en una tertulia que no es «de etiqueta». Mi cabeza estaba hecha una escarola de rizos (especialmente por el lado derecho, prescripción de la moda reinante á la sazón), y obra eran del mismo peluquero que tal me había emperejilado la cabellera después de raparme la barba hasta sacar lustre al pellejo, las descomunales guías en que terminaban, á diestro y á siniestro, mis negros y lustrosos bigotes.

Matica, envuelto en ancho gabán, las manos en los bolsillos y el sombrero puesto, se hallaba á mi lado, viendo cómo yo me calzaba los guantes de color de lila, sin dejar de mirarme al espejo y dando á menudo pataditas en la estera para acomodar los pies en las flamantes botas de charol que los oprimían. Haciendo estaba los últimos contoneos, puestos ya los guantes y estirados los pliegues de la levita, cuando me dijo mi amigo:

—En verdad te repito, Pedro Sánchez, que eres el más gallardo mozo que ha pisado madrileños salones, y te añado que provoca la ira de Dios quien, manejándose con la libertad y la gracia que tú debajo de las prensas de la moda, se queja todavía de timidez y apocamiento.