Hablaría el amigo con el corazón en la lengua, aunque no en justicia; pero yo sudaba de miedo y de zozobra. Púseme el sombrero, me cubrí con la capa y salimos. Las diez menos cuarto marcaba el reló del Buen Suceso cuando atravesábamos la Puerta del Sol. Qué calle tomamos ni en qué portal nos detuvimos, no he de declararlo, porque no es de necesidad, amén de que, si este relato ha de ser fiel reflejo de la pura realidad, no debo ser aquí muy minucioso en detalles de que apenas me daba cuenta en aquella ocasión. Creí observar, en la penumbra de mi razón calenturienta, desorientada, como cuando se está entre la vigilia y el sueño, que subíamos por una ancha y bien alumbrada escalera; que la puerta del primer piso se nos abría sola y sin necesidad de que llamáramos á ella; que alguien nos despojó de la capa á mí y del gabán á mi guía; que éste me condujo, casi á remolque, hacia unos cortinones, por entre los cuales se veían mucha luz y los dibujos de una alfombra y gente que se movía; que una vez dentro de aquello que me deslumbró por los colores y los reflejos y el rumor y el movimiento, vi señoras y caballeros en caprichoso revoltijo, unas sentadas, otros de pie; éstos hablando, aquéllas riendo; que Matica hizo unas reverencias medio maquinales, y que yo le imité con otras tantas; que pasamos á otra estancia, donde cerca de una chimenea había otros grupos y una dama entre ellos, gentil y apuesta matrona, la cual nos salió al encuentro; que mi conductor la dijo de mí yo no sé qué, y que ella, tendiéndome una mano cual no la cincelara en alabastro el mismo Miguel Ángel, me dijo, descubriendo al decirlo, con una sonrisa de pecado mortal, una dentadura de tentaciones, algo que sonaba muy bien y parecía muy al caso, á lo cual respondí yo, ciego y balbuciente, una sarta de majaderías; que la dama habló algo más, y muy familiarmente, con Matica, y que éste, después que la dama nos dejó, saludó á muchas personas que parecían muy complacidas de verle allí; que en estas exploraciones del terreno, me iba yo rezagando poco á poco, y que, al fin, volvió á cogerme el amigo por su cuenta, y me llevó á paraje donde el aire parecía más respirable, la luz menos deslumbradora y el peso de la fascinación más llevadero.
Estábamos, como quien dice, fuera de escena, aunque sin perderla de vista. Convencíme de que nadie me miraba; y como en esto se revolvió todo el concurso, porque se puso á cantar, acompañándose al piano, un galancete muy acaramelado, que se las echaba de tenor, llevóse éste los ojos y hasta las maldiciones de la tertulia en masa, y acabé yo de tranquilizarme. Limpiéme el sudor que copiosamente corría por mi faz; me arreglé el vestido á mi gusto, y por entonces me creí orientado en el terreno. Lo observó Matica y me dijo, tan pronto como el seudo-tenor acabó su romanza y el público de aplaudírsela:
—Ya ve usted que aquí no se come á nadie, mientras no se hagan majaderías, como ese desdichado que acaba de cantar. ¡Qué cosas dirán ahora los mismos que le aplauden, de su voz, de su estampa y hasta de su desfachatez!; y él, en tanto, ¡véale usted cómo se pavonea! Se juzga más tenor que Mario y Tamberlick. Pues no faltará alguna Alboni de doublé, que dentro de un rato nos dé un nuevo disgusto por el estilo... y tan satisfecha y ufana; y usted, que en nada se mete, porque tiene sentido común, temblando de miedo á una mirada y á una crítica que han de cebarse en otros, por ser harto merecedores de ellas.
Juzgábame yo en aquel instante completamente sereno, y así se lo dije á Matica; el cual me preguntó dándome una palmadita en el hombro:
—¿Puedo fiarme de esa serenidad?
—Respondo de ella—contesté,—mientras me halle en este sitio.
—Pues aprovechémosla antes que se pierda, para examinar el cuadro. Por de pronto, ya usted ve que aquí hay de todo, como en botica: algunas mujeres hermosas, otras que quieren aparentarlo y no lo consiguen, aunque se lo figuran; hombres de varias cataduras, más ó menos simpáticas... lo mismo que le había pronosticado á usted. No quiero hacerle una revista minuciosa de las mujeres, porque no me diga usted, al hablarle de algunas, que me complazco en arrancarle las cándidas ilusiones que acaricia sobre el sexo en general; ni tampoco de sus cómplices del otro sexo por la misma razón caritativa. Voy á lo que nos importa y por lo cual hemos venido aquí esta noche. ¿Ve usted, junto á la puerta de aquel gabinete, un hombre no muy alto, bastante grueso, de pecho prominente, imperiosa mirada, y con un bigotazo negro que le cubre media barbilla? González Bravo, el famoso orador que tan fiera tormenta desencadenó esta tarde en el Congreso con su candente palabra.
De los dos que hablan con él, el pequeñito y enjuto, bien hecho y elegante, de frente espaciosa, acentuada nariz, ojos algo saltones, negra patilla casi unida al bigote, es Ventura de la Vega.
—¡El autor de El hombre de mundo!—exclamé devorándole con la vista.
—El mismo. Pues fíjese usted ahora en aquel grupo de damas en íntima y, al parecer, agradable conversación con dos caballeros. El anciano de blanca, rizosa y muy poblada cabeza, altísima frente, alongada faz, á la cual sirven de adorno unas patillas tan blancas y espesas como el cabello; pulcro y atildado en el vestido, y que aún mira á las señoras como los lechuguinos de sus buenos tiempos, con lentes de oro, cuyas cinceladas cachas no suelta de su diestra, es Martínez de la Rosa. No quiero ofender la ilustración de usted ponderándole sus muchos, grandes y ya gloriosos talentos.