El que con él comparte la tarea de entretener el corrillo, hombre afable, malicioso y risueño si los hay, que parece hablar tanto con los fruncidos ojuelos como con la boca que más bien se adivina que se ve bajo sus rubios y desmayados bigotes, Patricio Escosura, el hombre que brilla lo mismo cultivando la política, que el teatro, que la historia, que la novela. Tiene indudablemente mucho talento; pero, salvo mejor parecer, picando en tantas cosas á la vez, no le hallo verdaderamente completo en ninguna de ellas.

Repare usted en estos dos personajes que vienen hacia nosotros en íntima conversación. El menos joven de ellos y de más modesta apariencia, pero atractivo y simpático, aunque para hermoso le falta mucho, es Rubí.

—¡El autor de La trenza de sus cabellos!—exclamé.

—Sí, y de Borrascas del corazón—añadió Matica con picaresca sorna;—pero, sobre todo, de El arte de hacer fortuna, una de las más lindas y mejor cortadas comedias del teatro moderno. No confundamos en esas otras dos el talento de la actriz que las ha popularizado, con el escaso valer de ellas. El que viene con Rubí...

Cortó aquí bruscamente su discurso Matica, porque se le llevó consigo, asiéndole por la cintura al pasar, el que venía con Rubí, mozo que ya me había llamado la atención por lo gentil de su cabeza, que estaba pidiendo los hombros, la ropilla y los gregüescos de un poeta contemporáneo de Quevedo y Villamediana.

Quedéme, pues, solo, y volví á tener miedo, ¡mucho miedo! porque no bastaba á tranquilizarme el ver algunas estatuas de carne y hueso, como yo, en otros apartados términos del cuadro. Al fin tendría que salir á la luz; y en saliendo, era hombre perdido. Claro que allí no se comía á nadie, como decía Matica; pero eso no obstaba para que á mí me devorara una gusanera de pensamientos que me habían acometido de pronto. «Todas esas gentes»—reflexionaba yo,—«sin contar los hombres ilustres que acabo de conocer de vista, valen, tienen y servirán para algo; y estando aquí, están en su natural elemento, siquiera por su educación y trato frecuente de unos con otros; pero yo, ¡ánimas benditas!... ¡Si supiérais, elegantísimas damas y distinguidos caballeros, y, sobre todo, vosotros ilustres personajes, príncipes del talento, que este mozo tan emperejilado que os contempla desde aquí es un mísero hidalguete montañés que anda en Madrid á caza de un destinillo que le ofrecieron en su lugar; que gasta en lujos ridículos el puñado de pesetas que le echó su padre en el bolsillo para que no se muriera de hambre en la corte mientras perseguía la limosna del destino; que ésta es la segunda vez en su vida que huellan sus pies, hechos á trepar ásperos breñales, la velluda alfombra de los salones de tono; que este sudorcillo que baña su rostro y este azoramiento de su mirada, son de miedo á que le pongáis en la necesidad de hacer algo para justificar su presencia entre vosotros, porque no sabe nada, absolutamente nada de lo que hay que hacer aquí, ni nunca las vió más gordas!...».

Felizmente nadie me conocía en aquel concurso, y si no me delataban mis propias imaginaciones... En esto, oí á mi derecha un rumorcillo, un charrasqueo, el sonar de una cosa que, sin saber por qué, cuajó la sangre en mis venas. Volví los ojos hacia allá... ¡Virgen de las Angustias! ¡cuáles no serían las mías al ver que aquello era un abanico que entraba; y detrás de él, Pilita; y con Pilita, Clara; y con las dos, Manolo!; y los tres me vieron, y los tres se asombraron, cada cuál á su modo; y yo no me morí entonces de repente, porque la señora de la casa, que salió á su encuentro, los distrajo; y con esta tregua me repuse un tantico. Pero no podía tener ya sosiego completo con aquellas nuevas gentes en escena; las únicas que, por saber quién yo era, tenían derecho para reirse de mí, y para hacer que me dieran una corrida en pelo los demás.

Resolví largarme cuanto antes; y discurriendo estaba el modo de hacerlo sin dar con ello un nuevo testimonio de mi agreste encogimiento, cuando volvió Matica.

—Perdone usted—me dijo,—que le haya abandonado unos instantes (¡yo los reputaba siglos!). Este doncel que me llevó consigo, es mi paisano y amigo de la infancia, Adelardo Ayala, el autor de Un hombre de Estado y de Los dos Guzmanes; todo un ingenio de la Corte del Buen Retiro, conservado de milagro desde el siglo diez y siete para honra y gloria del muy prosaico en que usted y yo vivimos.

Atrevíme todavía á buscar con los ojos al insigne poeta que tanto ruido hizo después en el teatro español, y más tarde en el de la política; y sin dejar de contemplarle, cuando hube dado con él, dije á Matica con entera resolución: