—No me siento bien aquí, y voy á marcharme á casa.

—¡Qué oportunidad!—respondió el amigo.—Precisamente cuando venía á darle á usted una gran noticia... Pero, en fin, si usted no quiere oirle, váyase bendito de Dios.

—¿Oir á quién?—pregunté, con un poco de curiosidad.

—No hace un cuarto de hora que ha llegado: mírele usted.

Y me señalaba un hombre ya maduro, macizo, vulgar, tipo de mayordomo bien acomodado, y, por apéndice, tuerto.

—¿Y quién es ese señor?—torné á preguntar.

—Pues ese señor es el mismísimo Bretón de los Herreros.

—¡Ave María Purísima!—exclamé, haciéndome cruces.—Jamás me lo hubiera imaginado así.—¿Y dice usted que le vamos á oir?...

—Justamente: los que nos quedemos.

—¡Es que yo no me iré sin oirle!