—Demasiado lo sabía yo,—dijo entonces, riéndose, mi amigo.

En esto comenzó á rebullir la gente de la tertulia, por acomodarse más á su gusto cada cual; y cuantos había en gabinetes y escondrijos salieron al salón, arrastrados de la misma curiosidad. Nosotros dos salimos también, y, por lo que á mí respecta, curado en aquel instante de todo linaje de aprensiones y sobresaltos. ¡Tal ansia tenía de ver y oir de cerca al celebrado autor de Marcela!

Hallábase ya éste arrimado á uno de los candelabros que sostenía una elegante y rica consola, y cuyas luces, multiplicadas en el limpio cristal del espejo, envolvían la cabeza del poeta en una aureola que por lo resplandeciente deslumbraba. ¡Poder de la imaginación exaltada! Desde que yo sabía que aquel personaje era Bretón de los Herreros, y le vi, radiante de luz, excitando la curiosidad de tan distinguido concurso, no comprendía que se pudiera ser hombre de altísimo ingenio sin aquella faz ramplona y aquel ojo tuerto.

Nos leyó dos cantos de La desvergüenza, poema en el cual derramó á oleadas el ilustre dramaturgo los donaires de su musa retozona y los primores de la lengua castellana. Jamás me he explicado la razón de que apenas sea conocida en España esta regocijadísima obra del perínclito poeta riojano. ¡Con qué ganas le aplaudí, y qué fervorosamente le admiré! Y aun dije para mí:

—Esto, entre otras ventajas, tiene la de justificar mi presencia en estos encopetados salones: me parece, remilgadas damiselas y caballeretes indigestos, que bien vale el placer de oir tales estrofas, recitadas por su mismo autor, el sacrificio que me cuesta.

Con lo cual y el movimiento y los rumores que volvieron á notarse entre los tertuliantes apenas acabada la lectura, me sentí muy confortado y animoso; tanto, que habiéndome colocado la casualidad casi en contacto con Clara, me atreví á saludarla; y ¡fíese nadie de atolondramientos! merecí la más afectuosa de las acogidas de la hija de la insufrible Pilita, que, felizmente, esgrimía su diabólico abanico en el extremo opuesto del salón, entre dos cotorronas muy emperifolladas... Y hasta hablamos un poquito de los versos leídos, y aun de las obras de Bretón; y hablando hablando tan de cerca, y yo en pleno dominio de mi serenidad, pude notar, con gusto, que la encanijada madrileña de mi lugar se iba reformando poco á poco; que sus vacíos se llenaban y que se redondeaban sus ángulos; que las curvas imperaban ya entre las líneas de su talle esbelto, y que el color de la salud iba insinuándose en su fino y transparente cutis; con todo lo cual y aquellos ojos negros, dominantes y casi feroces, se apuntaba en Clara el peligroso tipo de una singular belleza. «¡Qué ocasión!»—pensaba yo, viéndola relativamente tan afable,—«para recomendarme á la benevolencia de su papá, si no fuera ridículo y estúpido pedir una limosna, vestido de media etiqueta en unos salones como éstos!...». Y dicho está que no la hablé de tal cosa; ni ella á mí tampoco, acaso por idénticas razones. Pero, en cambio, se trató de bailar después; y continuando yo á su lado todavía, me permití invitarla; y aceptó, y bailé con ella, eso sí, con un miedo de mil demonios á que se me conociera el estilo de la escuela de Capellanes y Paul, únicas en que yo había cursado la danza, sin contar la de los salones de don Magín de los Trucos, y otras tales, que allá se iban con aquéllas; pero creo que lo hice bastante bien, porque Clara se dejó conducir sin protesta; antes me dijo por despedida al ir á sentarse:

—Veo con gusto que se aclimata usted muy bien á los aires de la corte.

¿Por qué me lo diría? Sin duda porque me veía allí tan apuesto y campante, apenas salido de la obscuridad de mi aldea. Pero ¿se burlaba de mis vanidades aunque aparentaba cosa muy distinta? ¿Y á qué devanarme los sesos para descifrarlo en la impasible faz y en el extraño acento de aquella esfinge en miniatura? Lo importante era que con aquel feliz tanteo de fuerzas con lo más temible que había para mí en la tertulia, acabé de envalentonarme. Tanto, que después me complacía en exhibirme y en mirar á todo el mundo á la cara: hasta creo que hubiera cantado allí á tener siquiera la voz y el arte del tenor de marras, ó de Lola Quiñones, señorita anémica que cantó después unas malagueñas en falsete.

Pero Matica, que no me perdía de vista, vino á mí y se colgó de mi brazo, y leyéndome en la cara todos los pensamientos, me dijo, acompañándose con una sonrisa de todos los demonios:

—Mira, Pedro Sánchez: tan malo es pasarse como no llegar; pero en la duda y en sitios como éste, preferible es lo último. Te veo ahora como en mesa de bodas los niños cortos, luego que, merced al barullo, pierden la vergüenza: al principio no catan bocado; después, hasta meten los dedos en las natillas.