¡La impaciencia! ¿No era esta palabra el colmo de la burla que estaba haciendo de mí aquel hombre? Á responder comenzaba, no sé qué cosas, pero de oportunidad, aunque estudiando mucho las palabras antes de emplearlas para elegir las más inofensivas, cuando me atajó con estas otras:
—Todos los pretendientes dicen ustedes lo mismo, como si aquí tuviéramos los bolsillos repletos de credenciales, sin hacerse cargo jamás de los gravísimos que pesan sobre uno, especialmente en días tan azarosos como los que corren.
Verdaderamente había sobrado motivo para descalabrar de un tinterazo á aquel farsante que tales cosas me decía, después de haberme sacado de mi casa brindándome con una protección que jamás había solicitado yo.
—Ruego á Vuecencia—repliqué, tragando á borbotones la saliva,—y se lo ruego por el amor de Dios, que no olvide que Vuecencia mismo fué quien se empeñó en que yo viniera á Madrid para recordarle de palabra la oferta que tuvo á bien hacerme espontánea y generosamente en mi pueblo. Tres meses llevo aquí, llamando casi todos los días á esa puerta, hasta por reciente encargo de Vuecencia, y ésta es la segunda vez que tengo la honra de ser recibido.
—Y eso ¿es un cargo que me hace el señor Sánchez?—me preguntó el señor Valenzuela, mirándome á la cara con una sonrisilla burlona.
—Es una razón que me permito exponer á Vuecencia—respondí, insistiendo en el tratamiento, por lo mismo que el hinchado personaje no pensaba en apeármele,—para demostrarle que todo cabe en mí, pobre montañés sin experiencia, menos el propósito de ser molesto á nadie.
—Por cierto—añadió Valenzuela entre severo y sarcástico,—que nadie le creería á usted con esa comezón de empleo, al verle matar los ocios en Madrid tan alegre y descuidado.
Lo decía, sin duda, por las noticias que le habría dado Clara de mis exhibiciones mundanas. Alentóme esta sospecha, por la cola de recuerdos que traía consigo, y respondí con entereza:
—Razón de más, señor don Augusto, para que me aguijonee el deseo de hallar lo que vine buscando. Madrid está lleno de atractivos que yo desconocía; soy joven, tengo libertad completa, me sobra todo el tiempo y no soy un santo... Póngase Vuecencia en mi lugar.
Parecióme que éstas mis palabras, dichas, de propio intento, con cierta acentuación quejumbrosa, suavizaban algo las asperezas del rollizo manchego; y no me equivoqué, pues que me dijo, trocando el aire desdeñoso de su fisonomía en otro que tiraba un poco á dolorido y amargo: