—No le extrañen á usted, amigo Sánchez, ciertos desabrimientos que parecen inconveniencias de carácter, en hombres como yo y en determinados momentos de la vida. Todo lo que usted alega es cierto; tan cierto como leal y sincero fué cuanto yo le dije y le prometí poco tiempo hace en la Montaña; pero los acontecimientos son más fuertes que la voluntad y los propósitos de los hombres; lo que es ahora una nubecilla tenue, dos horas más tarde llega á ser tempestad formidable sobre el horizonte; los grandes conflictos absorben la atención y las fuerzas, y borran en uno hasta el recuerdo de las cosas pequeñas, como el destino para usted; los altos intereses de la patria, amenazados por la ambición insensata de un enemigo criminal y alevoso... ¡hasta el instinto de propia conservación!... en fin, deje usted que pasen estos días de prueba, y yo le prometo que habrá para todos. Entre tanto, y para que usted no se moleste yendo y viniendo, déjeme su nombre y las señas de su casa: yo cuidaré de avisarle tan pronto como tenga algo bueno que decirle.
Que el reluciente manchego se refería en las altisonancias de su discurso á la borrasca que á la sazón reinaba en el mar de la política española, borrasca cuyos bramidos transcendían al público, harto evidente era; que al pedirme mi nombre por escrito y las señas de mi casa se proponía quitarme todo pretexto de volver á molestarle con mis visitas, también me pareció notorio... Pero, en este caso, ¿para qué me sacó de mi lugar el grandísimo?... ¡Oh, qué heroicamente rechacé el tropel de pensamientos que por este lado me asaltaban! Temí que el exceso de razones me arrastrara á cometer allí una imprudencia que echara á perder lo poco que había ganado, y me despedí del personaje con la mayor cortesía que pude, dejándole una tarjeta, en la cual constaban todos los pormenores que él decía necesitar; y con esta tarjeta, la última esperanza de que las puertas de mis apuros se abrieran por donde me lo había hecho creer en mi lugar el repolludo y pomposo don Augusto Valenzuela.
Al llegar á mi posada, después de esta memorable entrevista, hallé sobre la mesa de mi cuarto una carta de mi padre.
El cual, entre otras cosas, me decía:
«Hijo del alma: cada día me persuado más de la buena ley del afecto que has logrado arraigar en el corazón del señor don Augusto. La misma lentitud con que camina en el asunto de tu colocación, muestra bien á las claras el deseo que tiene de ofrecerte cosa que te honre á la vez que te aproveche, pues nada le sería más fácil, si sólo de cubrir el expediente se tratara, que despacharte, en un quítame esas pajas, con un destinillo de tres al cuarto, que fuera, como el otro que dice, pan para hoy y hambre para mañana. Persevera, pues, hijo mío, en esos tus buenos propósitos, que á menudo me manifiestas, de no mostrarte impaciente ni desconfiado con ese buen señor y su dignísima familia, á quienes tantas, tan frecuentes y tan señaladas finezas debes desde que estás ahí, según me refieres en casi todas tus cartas; finezas y atenciones que no me sorprenden, pues éste mi ojo, tan ducho en el conocimiento de los hombres, no podía engañarme cuando, no bien hubimos saludado aquí á tu excelso protector, le reputé por una gran persona, modelo de caballeros y de corazones sin hiel ni dobleces ni falsías, campechano y noblote; alma privilegiada á quien no desvanece el vértigo de las alturas...
«Procura, en fin, hijo de mi corazón, á fuerza de economía (sin que se entienda que quiero que te prives de lo necesario), ajustar tus recursos pecuniarios al rigor de las inevitables dilaciones, que nunca serán tan largas que lleguen más allá que el amparo de aquéllos; porque la Providencia divina no te sacó de esta apacible soledad para abandonarte luego en medio de esas extrañas muchedumbres, que son la más horrible de las soledades...».
¡Ojo ducho en conocer á los hombres!... ¡Santo varón! ¡Modelo de caballeros, campechano y noblote el señor de Valenzuela!...
Esta carta, testimonio vivo de la honrada sencillez del pobre viejo autor de mis días, acabó de indignarme contra el farsante manchego que así jugaba, no ya con mi credulidad, sino con la de mi padre, en quien un desengaño como el que estaba á pique de sufrir, tras de las ilusiones que se había forjado, podía costarle hasta la vida.
Sentí que la comezón febril antes crecía que se me aplacaba, y volvíme á la calle, sin saber por qué ni para qué. En la Carrera de San Jerónimo me fijé en un caballo largo, largo y anguloso que venía de hacia el Prado, dando zancadas con las cuatro estacas que le servían de extremidades, gacho y muy estirado el cuello, empinadas las orejas y tieso, casi horizontal, el medio rabo en que terminaba por atrás aquella desgarbada máquina viviente. Desde que llegué á Madrid me llamaron mucho la atención esos cuadrúpedos desmazalados y exóticos con que el extravagante capricho de la moda sustituyó, en calles y paseos, al gallardo potro cordobés. Sobre el penco mencionado se desparrancaba un jinete no más repolludo ni lozano que él, con las zancas encogidas, el estribo engargantado, el cuerpo muy echado hacia adelante, y el cuello y la cabeza en la misma dirección que los del caballo; no cesaba de dar culadas encima de éste, á modo de conatos de brinco, y parecióme, en su dejadez y desencuadernamiento, quebrantado y fatigoso del rudo ejercicio que traía el infeliz; el cual resultó ser, cuando le vi más de cerca, el mismísimo Manolo Valenzuela.
Estando próximos á cruzarnos en las Cuatro Calles, una joven que salió de la del Príncipe para atravesar la Carrera, se vió de pronto casi entre las aspas delanteras del bucéfalo. Aunque hubo los chillidos y sobresaltos de costumbre, y la joven cayó hecha un ovillo á media vara del animal, éste siguió inalterable la recta que llevaba, porque su jinete pareció no reparar siquiera en el percance. Entre tanto, avancé yo de un brinco hasta la joven, y la levanté del suelo. Júzguese de mi sorpresa al reconocer en ella á Carmen, por fortuna ilesa aunque muy asustada. Que se sobrecogió algo al conocerme á mí, no necesito decirlo, ni tampoco que me extrañó grandemente ver á la hija de don Serafín sola, en aquel sitio y á tales horas (empezaba á anochecer).