—¿Y Quica?—le pregunté cuando los curiosos se dispersaron y volvimos á ser Carmen y yo dos simples transeuntes.

—En la cama dos días hace, aunque no de cuidado—me respondió al punto; y aun añadió anticipándose á mis deseos de saber algo más:—y mi padre en su tarea, que no puede dejar hoy hasta las nueve de la noche. Urgía entregar la labor que llevo en este pañuelo, y me arriesgué á hacerlo yo misma. ¡De buena me he librado... gracias á usted!

—Cierto que en peores manos pudo usted haber caído—dije, creo que con doble intención;—pero á nadie más que á su ligereza debe agradecer el haber salido ilesa de tan grave peligro.

—¡Si parece castigo de Dios!... es decir, no, ¡porque si yo le dijera á usted lo urgente que me era entregar esta misma tarde la obra que llevo aquí!...

—¿Va usted muy lejos?—preguntéle, sin querer saber más.

—Ahí enfrente—me respondió.—Á ese piso donde dice, en letras doradas, Utrilla.

—Pues suba usted—repliqué,—que aquí la aguardo para acompañarla de vuelta á su casa.

Fuése, y volvió muy pronto. Yo la esperaba en el portal del famoso sastre.

Mientras caminábamos por la calle del Príncipe, me dijo Carmen, con los mismos escalofríos de gusto con que le manifiesta el que se arrima al calor de la lumbre después de atravesar un páramo cubierto de nieve:

—¡Qué bien se va así!...