—¿Qué entiende usted por «así?»—la pregunté, acentuando lo mismo que ella el adverbio.
—Acompañada como voy ahora—respondió volviendo á estremecerse un poquitín.—¡Si viera usted qué miedo da andar sola por estas calles, cuando no hay costumbre de eso!... Pensaba yo que tanto daba llegar hasta aquí como hasta los Ultramarinos de enfrente de mi casa, ó al pasamanero de la esquina... ¡Cada vez que pienso lo que pudo haberme sucedido si doy dos pasos más!
—¿Sabe usted, Carmencita, lo que reflexionaba yo mientras la esperaba en el portal de Utrilla?—díjele de pronto.
—¿Á ver?—exclamó la joven, picada de la más viva curiosidad.
—Pues reflexionaba yo que pudo usted muy bien, cuando menos, haberse descalabrado entre las patas de aquel animalazo; y que si tal hubiera acontecido...
—¡Qué horror!
—Pues no, señora; y acaso, acaso me hubiera alegrado de ello.
—Muchas gracias.
—Déjeme usted concluir. Si usted se hubiera hecho tanto así de daño—y señalé la punta de la uña del dedo meñique,—hubiera tenido yo derecho para lanzarme sobre el cuadrúpedo; apear al jinete de un bastonazo, y solfearle después la cara á bofetones...
—¡Justo!—exclamó Carmen estremecida de espanto,—y en seguida el corro de gentes desocupadas, y los guardias municipales, y yo á la botica entre brazos, y usted á la prevención; y mi padre notando mi falta en casa, corriendo en mi busca por esas calles de Dios... y los periódicos dando al otro día cuenta del suceso; y mi nombre... y el de usted, sabe Dios en dónde... y de qué modo. ¡Virgen María!... Pero ¿está usted loco?...