—Creo que tiene usted razón—respondí con la mayor formalidad.—Pero como no todos los días se parecen entre sí, y el condenado temperamento suele también contagiarse de los trastornos meteorológicos, en ocasiones se siente uno más batallador, pongo por caso, que lo de costumbre.

—Vamos—dijo Carmen sonriéndose,—á usted le ha pasado hoy algo grave.

—¿Por qué lo cree usted?

—Porque, ó yo me engaño mucho, ó se halla usted sobrexcitado y caviloso... digo, si desde que yo no le veo no le han hecho cambiar de temperamento los aires de Madrid.

—Ni lo uno ni lo otro, Carmencita, sino que somos así los hombres, créame usted... y hágame el favor de no correr tanto, por el amor de Dios... ¿ó es que ni conmigo se cree usted segura ya?

—Lo que hay es que tengo muchas ganas de llegar á mi casa.

—Justo, porque le molesta á usted la compañía... Muchas gracias, Carmen.

—Lo dicho, hoy no está usted en sus cabales.

—Ni usted tampoco, si á juzgar vamos por las apariencias.

—¿Qué apariencias?