—Ese sobresalto y esa...
—Me parece que después de lo que me ha sucedido, y, sobre todo, de lo que pudo sucederme...
—Pero ahora va usted conmigo, y no hay razón para que tema usted cosa alguna: ¡pues le caía el premio gordo al que se permitiera!... ¿Ve usted?... ya corremos otra vez... Es que parece mentira que con esos piececines se pueda andar tan de prisa... ¡Caramba si son menudos y primorosos!... ¡No, pues las manos!...
—¿Lo ve usted, señor Sánchez?
—Pues porque lo veo lo digo.
—No es eso lo que yo quiero que usted vea, sino que con razón le decía yo que, ó no está usted hoy bueno, ó ha variado mucho en pocos días. Antes no era usted así tan reparón y tan... ¿me deja usted que se lo llame?
—¡Pues no he de dejarla!
—Tan atrevido.
—¡Atrevido... porque pondero su pie... y su mano?
—Por eso mismo... Antes no se fijaba usted en esas pequeñeces ó, por lo menos, no lo decía.