—Cierto—respondí.—Pero ¿qué más da?

—Creo haberle oído á usted manifestar cierta ranciedad de ideas en política.

—La impresión de la lectura del periódico de mi padre—dije, con escaso respeto á las tradiciones de familia.—Pero, de todas maneras, yo no he de predicar allí en ningún sentido.

—Es verdad—replicó Matica;—pero como en esto de malas ideas, en opinión de ustedes los apegados á lo de antaño, tanto peca el que tiene la oveja como el que la desuella, yo quiero descargar mi conciencia de toda responsabilidad, advirtiéndole que el periódico de que tratamos es batallador, irreconciliable, por sistema, con todo lo actual y cuanto pueda venir á su semejanza, alarmista, reñidor; en fin, revolucionario.

—Que lo sea.

—Puede haber palos allí alguna vez...

—Que los haya...

—Pues ante tan heroica resolución, no tengo más que decirle sino que el periódico se titula El Clarín de la Patria.

—Le conozco.

—Periódico muy arraigado—continuó Matica,—de gran circulación y de mucha autoridad en la política revolucionaria. Paga bien y á tiempo... ¡cosa rara! Buenas gentes las que le redactan... demasiado levantiscas quizá.