Era el tal empleo una verdadera ganga, si no por el estipendio, que no pecaba de pingüe, aunque á mí me lo parecía, por lo llevadero del trabajo, lo cómodo de las horas y la índole de las gentes á quienes servía yo. Algo me costó convencer á mi padre de que tanto daba estar empleado allí como en otra parte, porque el buen señor, aun sin la instintiva repugnancia que sentía hacia un periódico de las ideas de El Clarín de la Patria, hubiera preferido mi vuelta á la aldea mientras la nueva tortilla ministerial se volcaba, y tornaba á estar en candelero Valenzuela, de cuya paternal solicitud por mí esperaba torres y montones; pero al fin se convenció, y creo que de buena fe, y con ello me descargué del único pesar que entonces me afligía.

Por encarecimientos y recomendaciones de Matica, que era niño mimado en aquella redacción, fuí considerado en ella desde el primer día bastante más que como un simple empleado de la casa; pero recientes escarmientos me habían enseñado los riesgos de salirme de mis quicios, y me guardé mucho de abusar de estas ventajas, lo cual se tradujo allí en rasgo de modestia, y con ello me afirmé un tantico más en la estimación de todos los redactores.

Eran éstos, los que podían llamarse de plantilla, cinco con el director, porque los colaboradores, amigos y aficionados de todas especies, no tenían número. El director, á quien daré el nombre, por no dejarle sin alguno, para mayor facilidad del relato, de Redondo, tenía toda la fe, todo el entusiasmo y todo el tesón de un verdadero sectario. Era de la Rioja, patria de los grandes progresistas, y rico. Olózaga era su Minerva, Espartero su Marte, la Milicia nacional el sustentáculo del Olimpo, y la Constitución del 37, con las liberales reformas reclamadas por las necesidades de los tiempos que corrían, su libro santo. Á esta empresa había consagrado, con heróico desinterés, cuatro años hacía, fundando aquel periódico, su caudal, su poco talento, su reposo y aun el de toda su casta. Jurara yo que no cabían en aquel hombre otras aspiraciones que las de arrojar de España «la tiranía», descargar el presupuesto nacional del «ominoso renglón del culto y clero», y restablecer, por ende, el imperio de la libertad al son del himno de Riego y al amparo del Duque de la Victoria. Á lo sumo, á lo sumo, la de sentarse en los escaños del Congreso, proclamado el sufragio universal, por el voto libre de un distrito de su provincia; y no por míseras vanidades ni con lucrativas intenciones, sino por velar así más de cerca contra las asechanzas de «la mano oculta de la reacción».

Era vehemente, nervioso; y con esto y la fe que tenía en sus principios políticos, la práctica de tratar de ellos á todas horas y en todas partes, lo saturado que estaba de la idea, y el horror que sentía por todo gobierno reaccionario, y periódico, libro ó folleto que los amparase, era una verdadera máquina de escribir artículos de fondo; pero muy al caso y buenos: al caso, porque al entusiasta riojano no le dolían prendas, y siempre peleaba en terreno firme, aunque con la escasa libertad de movimientos á que le sujetaban los preceptos de la ley; buenos, porque por tales se reputaban los que, como aquéllos, abundaban en hinchazones rimbombantes y en ese fraseo pomposo y descomunal de lugares comunes y vocablos hechos; brillo de talco y estruendo de hojarasca, que han venido siendo (y no digo que son aún, porque algo nos hemos enmendado los españoles en ese resabio, de entonces acá) el ritmo de las batallas periodísticas, en las cuales pagaba siempre los vidrios rotos, y, á las veces, los paga todavía, saliendo descalabrada y maltrecha, la inocente lengua castellana. En este género de faenas era todo una especialidad el progresista Redondo; y, en virtud de ello, excusado es decir que se le reputaba por uno de los más valientes, ilustrados, hábiles y temibles periodistas de aquel entonces.

Pero ¡qué vida la suya! Me estremecía su actividad incansable, siempre con el mismo tema y enderezada á un solo fin. Lo de menos era, con ser mucho y penoso, el trabajo que tenía en la redacción. Fuera de ella no sosegaba un punto: el salón de Conferencias y los pasillos del Congreso; el café de La Iberia; la visita á algún prohombre del partido; la cita con el emisario del círculo patriótico de aquí; la respuesta al mensaje de los liberales de allí; el asedio al ministro de la Gobernación por el zapatero preso ó el excedente perseguido... ¡y qué sé yo! Todo lo recorría, y en todas partes estaba empujado por la misma fuerza, hablando del mismo asunto y sirviendo á la misma causa. Su mujer y sus hijos eran los que menos le veían. Llegaba tarde á las horas de comer; comía poco y de prisa, y vuelta á la calle. Trasnochaba; y al buscar en el lecho algún descanso, asaltábanle las pesadillas en cuanto le rendía el sueño. Á todo esto, esperando cada hora que el Gobierno le enviara á Cádiz, y desde allí, bajo partida de registro, á comer el amargo pan de la emigración á los quintos infiernos. ¡Y tan satisfecho!

No tenía cincuenta años, y era bastante bien parecido; y aunque se preciaba de esmerado en el ornamento y atavío de su persona, atrasaba mucho, pero mucho, en el reló de la moda imperante. Achaque era éste muy común en los hombres de sus mismas ideas. ¡Y si atrasaran sólo en el vestir y el afeitarse!... Pero no es de extrañar: ocupados en predicar el progreso, se olvidan de practicarle.

Parecíame á mí que los dos redactores que le ayudaban en la parte puramente política del periódico, no tomaban el asunto tan á pechos como él; y eso que rayaban más alto en ideales, palabreja que ya comenzaba á sonar entre los atisbos democráticos que centelleaban á ratos al choque de las ideas. El uno era madrileño; andaluz el otro; jóvenes ambos y muy duchos ya en el oficio, al cual, en sus lucubraciones periodísticas, llamaban sacerdocio. El cuarto redactor tenía á su cargo la gacetilla y otras menudencias. Parecía de pronto lo más insignificante de la casa; y, sin embargo, de aquel rinconcito salían los tiros más certeros, los proyectiles más envenenados, los golpes más contundentes, lo que daba, en fin, verdadero interés al periódico; porque á nadie le disgusta ver crucificado á un ministro en un soneto, ó narrada la vida de otro en unas aleluyas chispeantes, ó achicharradas las flaquezas del lucero del alba en una letrilla de rescoldo; y todo eso lo hacía á maravilla aquel endiablado mozo, que me recordaba á Matica, cuando Matica se conformaba con ser mordaz sin ser obsceno.

Me consta que algunas veces le ayudó éste con gran éxito en su «misión» corrosiva y demoledora.

Las revistas literarias semanales estaban encomendadas á un colaborador que se firmaba Segismundo, y que, como este famoso personaje, no se mordía la lengua para cantar las verdades al más guapo, ni se olvidaba de que tenía en su desfachatez fuerzas bastantes para arrojarle por el balcón al mar de todos los oprobios, si llegaba el caso, como llegaba á menudo, porque lo malo abunda, desgraciadamente.

Estos hombres, más otro inofensivo redactor de tijera, á cuyo cargo estaban las noticias de provincia y del extranjero, con tal cual insulso y ñoño comentario, eran los que de ordinario alimentaban de materia legible á El Clarín de la Patria; pues las correspondencias de medio mundo que se publicaban en él eran escritas, casi siempre, en la misma redacción.