Ocupaba ésta lo mejor del piso bajo de la casa en que estaban instaladas todas las oficinas. La mía se hallaba cerca de la puerta de entrada, y tenía otra de escape que comunicaba con la redacción, espaciosa sala con un gabinetito de respeto donde se recibía á los visitantes muy esperados, y se trataban los asuntos de mayor cuantía. El resto de la casa le ocupaba la imprenta. Todos los sirvientes, de redacción abajo, estaban á mis órdenes, dos de los cuales me ayudaban en la oficina de mi cargo; y como eran antiguos en ella y muy duchos en aquellas incumbencias, no solamente me aliviaban de una gran parte de mi trabajo, sino que en pocos días me pusieron al corriente en todo cuanto abarcaba mi jurisdicción administrativa. Entonces pude ver, con mucho gusto mío, que El Clarín de la Patria tenía grandísima suscripción y comenzaba á ganar no poco dinero.

Cuantas noticias me había anticipado Matica referentes á aquella casa, eran la pura verdad: los libros y los folletos andaban en ella por los suelos; y de periódicos nada se diga, porque cambiaban con El Clarín casi todos los de España y muchos extranjeros; así es que me faltaba tiempo para engullir fárrago y más fárrago; pues es de notarse que mi voracidad era tanto más insaciable, cuanto mayor era el acopio en que se cebaba. Solamente uno de mis subalternos de oficina, poseía cerca de treinta novelas recortadas por él de folletines: pues todas me las leí en semana y media; y como la redacción tenía butaca gratis, cuando no dos, en cada teatro, siempre había alguna de sobra, de la cual disponía yo por especial obsequio del director, que conocía mis aficiones. De manera que en estos dos vicios, que tanto dinero me habían costado antes, podía hasta encenagarme sin gastar un maravedí; lo cual representaba un sobresueldo de mucha consideración. Aprendí un poquillo de francés con un perdulario que entraba mucho en la redacción á título de agente de los liberales de allá, y me daba una lección diaria por treinta reales al mes. Bastante más le sacaba al inocente director, á quien tenía sorbido el seso trazándole planes y encajándole estupendas bolas sobre «socorros mutuos de progresismo internacional», como decía Matica cuando el candoroso Redondo le contaba los milagros que podían obrarse por mediación de aquel sin vergüenza, que apestaba á cognac desde el vestíbulo.

La ordinaria concurrencia de extraños á la redacción, podía clasificarse en tres grupos: ociosos pegotones que iban á darse allí un hartazgo de periódicos de todos colores; liberales vehementes que, no contentos con lo poco que podía publicar la prensa y lo contradictorio de los rumores de café, buscaban con avidez noticias gordas en buenas fuentes, y amigos é iniciados en los secretos del partido. Á los primeros de este grupo pertenecía Matica, que me visitaba muy á menudo; á los segundos «un honrado hijo del pueblo», carretero de oficio, con taller en la plaza de la Cebada, y que se llamaba Godos (a) Bujes; el cual Bujes era un hombre de «cierta edad», rehecho, bien aplomado y muy velludo; morenote, sereno de faz, algo cuadrada ésta y rigorosamente inscrita en un marco negro como el cisco, marco formado por las patillas, sin bigotes, unidas por delante de los oídos al pelo de la cabeza, recortado en medio punto á dos dedos escasos sobre las cejas hirsutas. Vestía pantalón y blusa corta de mahón azul muy obscuro, sobre burdo traje de paño, y gastaba en la cabeza barretina morada, caída hacia el hombro derecho. Hablaba poco y no mal, en voz reposada y muy sonora; y cuando se enardecía algo, era hasta un poquillo elocuente. Pues este Bujes tenía mucho influjo entre los hombres de su barrio, y era gran propagandista de las ideas de El Clarín. Había sido sargento 1.º de la 4.ª compañía del 1.º de Ligeros de la Milicia Nacional disuelta el 43; y estuvo muy metido en el ajo del 48, creyendo que sólo se trataba de restablecer aquella benemérita institución, por cuya vida estaba él siempre dispuesto á dar la suya y otras ciento que tuviera. Cuando advirtió la equivocación, era tarde para retirarse; y por un milagro de Dios, tras de haber expuesto la vida en el negro trance, se libró de ir ensartado á Filipinas. Esto de la Milicia Nacional era el eje sobre que giraba toda la máquina de las ideas políticas del buen Godos; y aun, apurando un poco la materia, no la Milicia como «institución salvadora de los sacrosantos intereses de la libertad», sino el 1.º de Ligeros, ó quizá, quizá, el empleo de sargento de la 4.ª compañía. Por supuesto que él no lo creía así, y antes se tenía, y lo era en rigor, por el más consecuente liberal de la Constitución del 37, sin restricciones ni reservas, de cuantos se paseaban por las calles de Madrid, y se paseaban de éstos á millares. Pero quiero yo decir (y sin ofensa de la honrada memoria de aquel benemérito progresista), que sin haber vestido los marciales arreos de miliciano ni conocido al general Espartero, tal vez no se hubiera consagrado con alma y vida, como lo estaba, al servicio de todas las cosas cuyo triunfo era de necesidad para que volviera Espartero, y se restableciera la Milicia Nacional, y, por consiguiente, la 4.ª compañía del 1.º de Ligeros. Después de todo, aun afirmando lo que pongo en duda con relación á Bujes, tampoco sería caso raro este ejemplar, como podían atestiguarlo, si fueran un poco dados á sutilizar conceptos y desenmarañar ideas mal digeridas, tantos y tantos honradísimos representantes del comercio de aquende y de allende, ejemplares y hasta heroicos padres de familia, incansables contribuyentes por lo urbano, y miles y miles de ciudadanos pudientes, sin mácula ni tilde, que fueron honra, esplendor y sustentáculo del partido en sus mejores tiempos... ¡Y es natural, qué diablo! El uniforme guerrero tiene mucho atractivo, no vistiéndole á la fuerza, y al más panzudo y estevado le cae á maravilla; y el centellear del acero desenvainado, y la carrillera del morrión entre los dientes, y el batir de las cajas y sonar de las trompetas en esta parada y en aquel desfile enfrente de la honrada esposa y de los pequeñuelos asombrados, ó delante de la novia emperejilada... Vamos, que es para que el más tibio arrime el hombro á cualquier pronunciamiento que lo traiga, por lo mismo que la «mano de la reacción» se lo lleva siempre que se le antoja.

Volviendo á Bujes, añado que era el agente preferido de Redondo, por activo, de confianza y valiente si los había. Podría ser inconsciente efecto de un escondido impulso de amor á la «benemérita»; pero ninguno servía á la causa entera y verdadera con mejor voluntad ni más abnegación que él. Esto lo sabían todos en aquella casa, y por ello era de todos muy cordialmente estimado.

Iba muy á menudo á hablar con el director, y casi siempre le recibía en el gabinete reservado, señal de que se trataba de asuntos de contrabando.

Allí se vivía en perpetua conspiración. Y, en verdad, que con sobrados motivos. Desde que imperaban los hombres que habían sucedido al tirano Bravo Murillo (copio el estilo de Redondo), estábamos todos los buenos liberales trinando de indignación: á un atentado seguía otro atentado; á un atropello, otro atropello; á una iniquidad, otra iniquidad. Al abrigo de su misma insignificancia personal, consumaban ¡cobardes! la obra infame que sus predecesores solamente se habían atrevido á iniciar. Nos habían aherrojado el pensamiento, apretando los tornillos que los otros pusieran á la prensa; habían atacado la inviolabilidad senatorial, destituyendo senadores por el pecado de votar, conforme á sus conciencias, desempeñando cargos oficiales; en fin, hasta habían devuelto los bienes á Godoy, ¡al amigo de María Luisa! ¿Se podía hacer más? ¡Y todo por cierta influencia oculta, á la cual se debió también que, al cabo, y cuando ya la luz iba á hacerse en el seno de la representación nacional, se declarara, de real orden, terminada aquella legislatura! ¡Por entonces sí que hubo movimiento en la redacción! Bujes ardía y chirriaba, como una manga sin engrasar dentro de su apellido, y Redondo no comprendía, ya que el partido yacía en letargo embrutecedor, cómo los adoquines de la calle de las Rejas no se levantaban solos para vengar de tanta afrenta al pueblo esquilmado y oprimido. De modo que en aquellos días, rebosándonos la indignación por encima de los estorbos de la ley, tuvimos tres recogidas y otras tantas causas criminales, que nos costaron mucho dinero y grandísimos disgustos.

Mi padre, que recibía el periódico regalado desde que yo andaba en su administración, no cesaba de conjurarme, por todos los santos de la corte celestial, á que no me dejara inficionar de aquellas endiabladas políticas que podían dar al traste conmigo, y aun con cosa más alta y respetable. Y vean ustedes: yo, que entre las gentes y los fervores de El Clarín de la Patria, vivía tan fresco, indiferente y descuidado, me las echaba de terne con mi padre, y le hablaba de «las corrientes del siglo», de «vendas en los ojos», de la «necesidad de transigir y de andar para no ser atropellado», del «viejo obscurantismo», de «la luz de las nuevas ideas...». Nada, pura fatuidad.

En esto había llegado el verano, seco y achicharrador en aquella Libia desconsoladora, sin agua y sin árboles; los teatros estaban cerrados, y mis compañeros de posada y Matica se habían ido á pasar las vacaciones con sus respectivas familias. ¡Cuánto envidié á los primeros, que estarían recreando la vista en los verdes y frescos paisajes de mi tierra, al arrullo del espeso follaje mecido por las auras refrigerantes del Cantábrico, mientras á mí me ahogaba el tibio y espeso ambiente de las calles, que parecía salir de la boca de un horno de fundición!

Valenzuela se quedó también en Madrid, como un simple mortal; pero, á mi ver, en espectativa de los acontecimientos políticos que se sucedían con inusitada frecuencia. Por de pronto, el ministerio había caído al día siguiente de obtener el decreto de clausura de las Cortes, y el incoloro que le había sucedido tras una larguísima y trabajosa crisis, no era viable, según el dictamen de expertos doctores en la materia. Se esperaba una situación más vigorosa y acentuada; y se esperaba con tal fe, que el mismo don Serafín renunció á gestionar en favor de su reposición, persuadido de la poca consistencia de aquel Gobierno.

—Pero ¿qué idea le ha dado á usted de meterse en estos líos?—me dijo en mi oficina al día siguiente de haber tomado yo posesión de ella.