Y como me asaltara cierto ruborcillo de decir la verdad á un hombre que me había tenido, y acaso me tenía aún, por un pudiente montañés.

—¡Qué quiere usted!—le respondí:—caprichos de los hombres; compromisos de amistad, y luego, que hay que saber de todo; y como á nadie le amarga un dulce, y éste lo es por muchas razones...

—Ya, ya. Pues calabaza, me alegro de veras. Me gusta á mí este periódico por lo frescas que las canta. ¡Pues como pusiera yo en él la pluma, Santo Cristo del Amparo, con el saco de bilis que yo tengo!... Pero si no la pongo, ya le daré á usted ocasión de ponerla de modo que levante en vilo á algún pillo desorejado...

Y desde entonces iba á verme tres ó cuatro veces á la semana. No con tanta frecuencia visitaba yo á su hija, pero la visitaba. Desde la noche que la hallé sola en la calle y la acompañé á su casa, parecía haberme perdido el respetillo que antes me tenía: verdad que tampoco estaba yo á su lado, desde entonces, tan respetable y formalote como de recién llegado á Madrid. Sin embargo, siempre propendía un poquillo á lo sentimental la hija del buen Balduque. Sabiendo que le gustaban mucho las novelas, le di algunas, y observé que prefería siempre las más empalagosas por lo tiernamente tristes. ¡Pero qué monísima estaba, y cómo le rebosaba la frescura á medida que apretaban los calores del verano!

Como donde menos me abrumaban éstos era en las oficinas del periódico, bastante frescas, relativamente, en ellas me pasaba la mayor parte del día y de la noche; y sobrándome el tiempo hasta para leer, escribía y escribía... ¡Cuánto escribí en aquel verano, y cuánto oculté, como si fuera pecado, ó rompí teniéndolo á crimen imperdonable! Porque la profecía de Matica se cumplió: el olor de la tinta de imprenta me embriagaba, y el ejemplo de los redactores me seducía. Escribí en verso y en prosa, serio y alegre; en fin, escribí de todo y sobre todo; porque, según ya lo he declarado otra vez, con una memoria descomunal y gran facilidad para asimilarme asuntos y estilos ajenos, en poniéndome á escribir no acababa, y daba un chasco al más pintado. Algo de lo escondido se vió, sin embargo, porque mi trato con la gente de la redacción iba siendo ya bastante íntimo y muy continuo. Aplaudiéronmelo, y que quieras que no, lo enviaron á las cajas. Era á modo de reseña humorística de los acontecimientos político-sociales de la semana, que no valía dos ochavos; pero se imprimió, y alea jacta est.

Ni César se vió más resuelto y decidido al otro lado del Rubicón, que yo ufano cuando leí conmovido en la sección de Variedades de El Clarín de la Patria, el primer parto de mi ingenio que había merecido los honores de la imprenta.

Aquel mismo día cayó el ministerio. ¡Cosa más rara! como diría don Magín de los Trucos. Murmurábase que le había derribado la misma oculta influencia que lo trastornaba todo en aquellos tiempos. Sucedióle otro presidido por el Conde de San Luis, y volvió Valenzuela á gustar las dulzuras del presupuesto. El Clarín de la Patria saludó el acontecimiento con un botasilla que le costó un disgusto de los gordos. Pocos días después me escribía mi padre:

«¡Ahí le tienes ya, hijo mío! ¡Acude á su amparo, que no te le negará ahora que puede y está agarrado en firme; y deja esas interinidades, tan peligrosas para el cuerpo como para el alma!...».

¡Para dejarlas estaba yo, después de haber catado la tinta de imprenta, y teniendo en casa la manera de arrimar una paliza diaria al pícaro manchego!