—¡Qué juicio ni qué calabaza, hombre!—replicó el redactor madrileño, que escribía hasta de teología sin haberla saludado.—¡Medrados estábamos si tuviéramos que conocer á fondo todos los asuntos que ventilamos en la prensa! ¿Para qué es el ingenio, para qué las callejuelas y puertas falsas del arte, de la lengua y del estilo, sino para entrar donde se nos antoje y salir cuando nos acomode, sin temor de que nadie nos cierre el paso ni nos sorprenda ni nos corte la retirada? Es natural—continuó,—por lo mismo que es usted modesto, que le asuste un poco la idea de lanzarse de golpe y porrazo á fallar en última instancia pleitos de tan especial naturaleza; pero si usted reflexiona que, por de pronto, no es de necesidad absoluta que esos fallos sean tan claros que todo el mundo los entienda, ni siquiera que sean fallos, la cuestión cambia de aspecto. Vea usted un plan. Mientras examina usted el terreno y toma posiciones y se acostumbra á mirar cara á cara al enemigo, y al olor de la pólvora y al estruendo de las primeras embestidas; en una palabra, mientras no sea dueño absoluto del campo (que no tardará en serlo), no suelte usted prenda alguna allí donde vacile siquiera, y despáchese con un poco de pirotecnia que deslumbre y haga ruido; donde se considere algo más firme y mejor pertrechado, hunda el arma hasta la empuñadura, ó sacuda el incensario hasta que se acabe el humo. Para hacer esto con valentía y desparpajo y, sobre todo, con acierto, comience usted por dividir las obras que examine en dos grandes grupos: las de nuestros amigos y las de los otros. Entiendo por obras de nuestros amigos las comedias, las novelas, los folletos, cuanto publiquen los hombres de nuestras ideas ó de nuestra amistad íntima, ó aquéllos á quienes siquiera hablemos ú oigamos hablar en el café, ó nos merezcan alguna estimación en cualquier concepto simpático; y entiendo por obras de los otros las que publiquen los enemigos de la libertad y no nos saluden en la calle. Pues bien: supongamos que en una obra de nuestros amigos anda muy descuidada la forma; que es una comedia con la cual se duermen los espectadores, ó silban y patean; ó un libro que se cae de las manos y afrenta á la lengua castellana. «Cierto»—diremos,—«que hay algunos desaliños de lenguaje, y algunas contradicciones de carácter, y, si se quiere, también algunos descuidos de monta en la trabazón de la fábula; descuidos, contradicciones y desaliños que no significan nada, absolutamente nada, en las obras de arte, por lo mismo que son de fácil y mecánico remedio, siempre que el autor se digne descender de las altas esferas de su inspiración desbordada para ocuparse en esas prosaicas maniobras de taracea. Pero el fin objetivo, pero la idea, pero los cauces que allí se abren á las corrientes de la nueva civilización; pero el altísimo criterio con que se expone y se desenvuelve esto y lo otro y lo de más allá...». Y aquí derrama usted el talego de todas las ponderaciones, hasta sacar en consecuencia que en la tal obra lo bueno es de lo mejor, y lo malo no pasa de ligeros lunares. No hay para qué decir que cuando las obras de nuestros amigos son siquiera medianas en la forma y en el fondo, se voltean todas las campanas de la crítica. Pues supongamos las mejores condiciones de bondad en las obras de los otros. «No puede negarse»—diremos,—«que está bastante bien escrita, que tiene cierta gracia, y que interesa hasta cierto punto; pero ¿cómo ha de ser bello lo que está concebido en la obscuridad y el frío de los sepulcros, y en la lobreguez de las ruinas? ¿Á qué fin artístico responde el propósito fundamental de este libro ó de esta comedia ó de este drama? ¿Quién le ha dicho al autor que el arte, que es la belleza, puede hermanarse nunca con horribles ideas que pugnan con las corrientes de las modernas sociedades: el frío mortal del invierno con el calor vivificante del estío; la luz con las tinieblas?». Y así le va usted abrumando poco á poco, hasta que le mata, demostrando que la obra que analiza es una verdadera abominación. Si además de lo malo del fondo, por no ser de nuestras ideas, tiene flojilla la forma, cuatro despreciativos garrotazos, y á otro asunto... Desengáñese usted, no hay oficio más cómodo.
¡Ay, Matica de mi alma! ¿por qué retrasaste tu vuelta á Madrid? ¿Por qué no sanaste primero del prosaico romadizo que fué la causa de ello? ¿Por qué no estuviste á mi lado en aquellos infaustos días en que la serpiente me tentó con fruta tan de mi gusto? ¡Tú, con tu buen seso y parecer tan distinto del de aquellas empecatadas gentes, no me hubieras dejado caer en la tentación!... Porque caí, sí, caí sin que me valieran razones ni alegatos que se desvanecían en el humo del incienso con que me trastornaban el juicio mis interlocutores. Llegué á creerlos y á creerme á mí, por ende, capaz de las más altas empresas crítico-literarias; y cuando volvió Matica, muy cerca del fin de octubre, ya era tarde para retroceder. Ya había probado dos veces los deleites de aquel apetitoso magisterio, que á tantos mortales, tan firmes de mollera como yo, ha hecho unos pobres mentecatos antes y después acá. ¡Buenas cosas me dijo! ¡Grandes verdades me cantó palmoteando sobre los mismos testimonios de mi delincuencia!; pero ni Matica ni el Preste Juan eran capaces de convencerme de que no debía continuar la empresa que traía entre manos, desde que yo había leído en todos los periódicos liberales de Madrid, estas palabras, remitidas, como supe andando los meses, por el gacetillero de El Clarín: «Están llamando la atención de todos los literatos las revistas críticas que publica en El Clarín de la Patria el distinguido escritor que oculta su verdadero nombre tras el modesto seudónimo de Pedro Sánchez. No tiene nuestro colega por qué sentir la deserción del famoso Segismundo al campo enemigo».
He de decir cuatro palabras acerca del estado en que se hallaban mis dominios al empuñar yo el cetro de la crítica. En la novela imperaban las traducciones del francés; y eran los autores preferidos V. Hugo, Dumas, J. Sand, Sué, Paul de Kock y Soulié. La española tenía pocos cultivadores, y no abundaban los lectores que preguntaran por ella. Sabíase, creo que de oídas, que Villoslada había escrito Doña Blanca de Navarra, y que era ésta una novela excelentísima al modo de las de Walter Scot; alguna de Fernández y González era bastante más leída y celebrada. Fernán Caballero acababa de publicar Clemencia, después de haber adquirido fama con La Gaviota en 1849; Pero es de advertir que, por resabios románticos que quedaban aún en el gusto del público, éste prefería el amor empalagoso é inverosímil de aquella sensible y lacrimosa heroína, al ridículo y extravagante inglés, y las inaguantables escenas á que este punto da lugar, á los sabrosos pasajes y cuadros llenos de color y de verdad, en los cuales entran, como figuras de primer término, don Martín, don Galo Pando, la Marquesa, la Coronela y la tía Latrana. Esto se desechaba por vulgar y poco elegante; y, sin embargo, era la miga del ingenio de Fernán; lo que ha hecho que viva y no muera jamás esa novela, como no morirán La Gaviota ni otras muchas de la misma ilustre autora, precisamente por estar llenas de «vulgaridades» por el estilo. Como efecto de aquella misma causa, gozaban de cuanta boga podían gozar entonces libros en España, Jarilla y La Sigea, dos novelas románticas de Carolina Coronado, y El... (no recuerdo qué) de Monfaucon, otra que tal de la Avellaneda; en la cual novela andaba la heroína con la cabeza de su amante colgada del pescuezo, por medio de una cadena de plata, suplicio á que la había condenado el bárbaro castellano su marido. Antonio Flores había dado á luz otra de costumbres contemporáneas, con el título de Fe, Esperanza y Caridad, abundante en cuadros curiosos y no mal pintados, pero atestada de lugares comunes de novelón por entregas. Vale mucho más que esto su galería de cuadros, Ayer, Hoy y Mañana, comenzada á exhibir en 1854, y terminada por completo años después. Reciente estaba también la publicación de El libro de los Cantares, de Antonio de Trueba, el mejor y más fecundo cuentista de cuantos se pasean en España, y el autor español más traducido á extrañas lenguas. Ayguals de Izco se había propuesto ser el Eugenio Sué de acá, y no quiero decir cómo lo lograba. De Antonio Hurtado se conocía una novela, Cosas del Mundo, premiada recientemente por la Academia de la Lengua. Otra circulaba bastante, de Patricio Escosura, El Patriarca del Valle, y se elogiaban una de Juan de Ariza, Un Viaje al Infierno, sátira del Madrid entonces, en que había muchos anagramas demasiado transparentes, y otra, La Dama del Conde-Duque, bien perjeñada y con mucho sabor de época, de Diego Luque, á la sazón casi un muchacho.
El Curioso parlante había cerrado su cartera de apuntes literarios, y se entretenía en escribir de vez en cuando sobre Mejoras de Madrid, mientras saboreaba la gloria del renombre que le habían dado sus Escenas Matritenses.
En el Museo de las Familias, de Mellado; la mísera y casi andrajosa Ilustración, de Fernández de los Ríos, y El Semanario Pintoresco, no recuerdo de quién, pero sí que andaba en sus postrimerías, dábanse á luz, entre muchas traducciones, algunos trabajillos sueltos con las firmas precedentes que no han de inmortalizarse allí, y otras tantas que se han olvidado ya, ó que, de seguro, estarán en Los españoles pintados por sí mismos, mamotreto célebre en que se declara todo menos lo que el editor se propuso; porque entiendo que en España hay algo más, como color nacional y distintivo, que zapateros de portal, beatas, canónigos, toreros, mozos de cordel y cuanto se inventaría en aquel catálogo de excepciones singularísimas; lo cual no quiere decir que cada figura de por sí no sea digna obra del pincel que la trazó; pero sí que el rótulo del álbum fué mal aplicado, ó no se ajustaron á su sentido los pintores que iban llenando las hojas.
Y esto, salva alguna insignificante omisión en que pueda haber incurrido mi memoria, es cuanto daba de sí el género, aunque parezca mentira.
El Duque de Rivas, Zorrilla, Villergas y otros poetas de nota, andaban fuera de la patria, ó calladitos en su pueblo ó á la sombra de un destino. La Avellaneda, la Coronado y García de Quevedo, publicaban tal cual lucubración romántica, de tarde en tarde. El surtido de poesías de los pocos y malos periódicos literarios que existían, corría de cuenta de los Larrañaga, Vila y Goyri, Ribot y otros de quienes ya no me acuerdo ó no quiero acordarme.
El teatro, ya que no por la cantidad, por la calidad de los poetas, tenía más lozana vida que la novela. Bretón de los Herreros, aunque en el crepúsculo de la tarde, iluminaba todavía la escena en que tantos lauros había ganado, con frescas y agradables luces de su inagotable ingenio. Hartzenbusch escribía comedias tan delicadas como Un sí y un no; García Gutiérrez, aunque muy tentado del demonio de la zarzuela, no olvidaba del todo á la musa que le inspiró El Trovador y tantas obras coronadas por el aplauso y la admiración del público de su tiempo; Tamayo trepaba á la más alta jerarquía del ingenio dramático con su tragedia Virginia; Ventura de la Vega, trabajando también á destajo para la zarzuela, saboreaba los aplausos que le valía El hombre de mundo, que aún no había perdido la novedad en los carteles, igual que acontecía con Don Francisco de Quevedo, lo único bueno que supo hacer para el teatro el ingenioso bohemio, haragán impenitente, Florentino Sanz; de Ayala se estrenaba Rioja con mediano éxito, y de Rubí De potencia á potencia y algo más que no recuerdo; Eguílaz había aparecido el invierno anterior con Verdades amargas, comedia ruidosamente aplaudida, y que no por estar plagada de incorrecciones de lengua, y hasta de arte, dejaba de anunciar un poeta dramático de buena cepa; inmediatamente después obtuvo otro gran éxito su drama Alarcón; y en la temporada de mi advenimiento á la crítica, su obra, El Caballero del Milagro, no fué menos afortunada que las anteriores; Serra emulaba los donaires de Bretón en humoradas tan lindas como La Boda de Quevedo; Juan de Ariza escribía comedias muy agradables; y, en fin, y sin contar otras producciones más efímeras ni mencionar otros poetas de menor cuantía, se representaban traducciones tan importantes como Adriana y Sullivan, drama este último que valió á Julián Romea los mayores triunfos de su ya entonces larga y gloriosa carrera de actor.
Este hombre insigne, con la Palma y el viejo Guzmán, representaban aquel invierno en el teatro de los Basilios; en el del Príncipe, Arjona con Teodora Lamadrid, Calvo y los Osorios; en la Cruz, Variedades é Instituto, compañías de poco más ó menos, entreteniendo con melodramas, magia y hasta cuadros disolventes, el escaso público de que podían disponer.
Aún se representaba de vez en cuando algo del género andaluz, puesto de moda años antes por el actor Dardalla y sus imitadores. Yo alcancé á ver todavía El corazón de un bandido en el teatro del Instituto, y El Tío Caniyitas en el del Circo, drama romántico muy afamado la primera de estas obras, y popularísima zarzuela la segunda, de Franquelo y Sanz Pérez, respectivamente, como casi todo lo que se representaba y se había representado del mismo abominable género.