El teatro de moda era el Circo de la Plaza del Rey, donde Salas y Caltañazor habían encontrado una mina de oro con la zarzuela, que comenzaba á volar muy alto, y se estrenaron, entre otras que no recuerdo, en aquella sola temporada, obras tan importantes como El Marqués de Caravaca, de Ventura de la Vega y Barbieri; El Grumete, de García Gutiérrez y Arrieta; El Valle de Andorra, de Olona y Gaztambide, y El dominó azul, de Camprodón y Arrieta.
Para juzgar de todas éstas y aquellas cosas y de cuanto con ellas se relacionara, según los fueros de su bien ganada autoridad, estaban el ya entonces sabio y respetado Fernández Guerra (don Aureliano), que se firmaba Pipí, y Ochoa (don Eugenio), en La España; y en El Heraldo, Cañete.
Hecho este ligero croquis del campo de mis hazañas, declaro que para mantener mi absoluto dominio dentro de él, no contaba yo con otras fuerzas ni más caudal de saber que el fárrago de novelas y de toda clase de libracos que había engullido, y de cuya mala digestión conservaba en la memoria, juntamente con lo atropado en periódicos, corrillos y cafés, montones de parrafadas retumbantes, tumultos de hueca palabrería, apotegmas lamentables que yo sabía zurcir en el aire tomando del almacén tres de aquí y una de allá, y algunos latinajos de cálamo currente, muy usados en la prensa política, como ¿risum teneatis?; ¿quare causa?; donec eris felix...; amicus Plato, sed magis amica véritas; fiat justicia et ruat cœlum; timeo Danaos et dona ferentes... y otros tales. Sabía también, por habérselo oído á Matica, y por haberlo leído, que hubo un Boileau que escribió un Arte poética, reflejo de otra de Horacio, conocida con el nombre de Epístola á los Pisones; la cual Epístola, á su vez, estaba inspirada en la Poética de Aristóteles; sabía llamar preceptiva á cada uno de estos cuerpos de doctrina: preceptiva de Aristóteles... preceptiva de Horacio... ¡Sonaba muy bien! Después mucho de delinear caracteres, fluidez de lenguaje, estilo ameno, catástrofe, dualismo, unidades, razones estéticas, y, sobre todo, el conflicto, el problema, los ideales. Estas palabrejas no las soltaba yo de la pluma en cuanto me caía una novela por la banda. «¿Cuál es el problema?...». «¿Dónde está aquí el conflicto?...». «¿Qué ideales se persiguen?...». Sabía algo sobre Molière: que algunas de sus mejores obras eran arreglos de otras de Plauto; y llamaba Tartuffe á todo gazmoño, y no ignoraba que Moratín había imitado y hasta traducido á aquel insigne francés. También habían llegado á mis oídos, como modelos de arranque sublimemente enérgico, los famosos Quos ego, de Virgilio en boca de Neptuno, para apaciguar una tempestad, y ¡Qu'il morût! del viejo Horacio en la tragedia de Corneille. ¡Mucho juego me dieron estas palabrotas!
Pues bien: con todo esto y con los nombres de los poetas y de muchas comedias de nuestro teatro antiguo, y un poco más á su semejanza, y un compendio de Retórica y Poética, de Araujo, en preguntas y respuestas, que compré para estar al tanto del tecnicismo del arte, y saber lo que es peripecia, anagnórisis, hipálaje, metonimia, hipotiposis y similicadencia, y la escasa luz que podía darme aquél mi buen sentido educado en los teatros por Matica, pero trastornado por el vértigo de la altura en que me había puesto á predicar sobre lo que apenas sabía discernir, me lancé á la brecha.
Recuerdo que me costó un poquillo tomar la embocadura á la tarea; pero con unos preludios de falsa modestia, un sahumerio discreto al talento de mi predecesor, y unas excursiones, eruditas á mi modo, por los cerros del arte, fuése templando el horno. Comencé entonces á barajar nombres y metafísicas y latinajos, y la política imperante y la moral de los estoicos y los fríos de la estación, con el carácter distintivo de la dramática moderna y cuanto se me iba ocurriendo de sopetón, y aquello era volar, porque el meollo me ardía; me devoraba la fiebre estética, que dijo un doctor de fama; y de mi pluma caían, entre mares de tinta, borbotones de frases caldeadas. Nada tenía que ver todo ello con el asunto de que se trataba; pero la verdad es que abultaba mucho y que sonaba mucho más. Parecía una función de fuegos artificiales terminada con la explosión de una caja de cohetes.
Leíselo á mis compañeros, y lo aplaudieron; se publicó después, y gustó á los lectores. Esto acabó de cegarme; y desde aquel día, proclamándome señor y dueño del campo, comencé, con inaudita desvergüenza, á tratar al arte de tú y á mirar por encima del hombro á poetas, novelistas y comediantes. Declaréme, por supuesto, sprit fort, para estar en consonancia con el periódico en que escribía; y vi que era de necesidad aplicar á los escritores la ley de razas, tal como me la había explicado el madrileño. Recuerdo que la primera justicia que hizo fué en Fernán Caballero, con motivo de su flamante novela Clemencia. Yo no podía hablar bien de este autor (cuyo sexo verdadero me era aún desconocido), por ser un pertinaz propagandista de ideas reaccionarias (lo cual iba con El Clarín más que conmigo), y no saber dar interés laberíntico, ni unidad ni fondo á sus libros, repletos de charranadas andaluzas (y esto era de mi particular iniciativa y de mi especial incumbencia). Además, era de los de afuera, otra casta de escritores que había descubierto yo; porque es de saberse que casi iba persuadiéndome de que no se podía tener talento en España más que en Madrid. Para estas pobres gentes usaba yo un procedimiento particularísimo, de mi exclusiva propiedad: una ironía zumbona, sobre la cual retozaba una sonrisa de protectora compasión; tal, que no parecía sino que la mención aquélla era un mendrugo arrojado de caridad al hambriento de mis elogios. Pues con esta sorna cargante me fuí sobre el libro; y, por si era poco y no me entendía el autor, convencido de que con ello le mataba para las letras, adelantándome treinta años á los pedantes de ahora, le asesté estas puñaladas, que, en mi opinión, no tenían cura: «¿Dónde está el argumento? ¿Qué problema se plantea en él? ¿Qué conflicto se resuelve? ¿Qué ideales se persiguen?... ¿No hay ideales? ¿No hay conflicto? ¿No hay problema? ¿El argumento es pobre? Luego no hay novela». Y ya, puesto á matar, lancéme sobre Ochoa y Eguílaz, que acababan de publicar sendos artículos poniendo á Clemencia en los cuernos de la luna, cosa que yo no podía consentir. Por fortuna, nadie me hizo caso; pero muchos jóvenes sabios, que no conocían ni de oídas á Fernán y se tuteaban con Cúchares y el Regatero, me colmaron de elogios.
Así crecía mi fama, y se acreditaba mi autoridad, y me temían ciertos cómicos, y me saludaban desde lejos determinados autores, y me tuteaban muchos periodistas; y tanto llegué á inflarme, que esquivaba la compañía de Matica, cuyas sinceridades eran mi castigo, y abandoné la tertulia del modesto café de La Esmeralda y la sociedad de mis paisanos, y me hice concurrente al Suizo entre la bohemia de la gacetilla y de la dramática al menudeo; y allí cobré afición á la disputa, y llegué á distinguirme por una facilidad de palabra verdaderamente espantosa.
Á todo esto, mi padre estaba aturdido. «Hombre—me escribía una vez:—no entiendo bien esas cosas que plumeas; pero no quiero ocultarte que revelan mucho saber; y me asombra lo pronto que lo has adquirido y lo gallardamente que lo derramas. Estos Garcías, á quienes he hecho que lean algo de ello por medio del señor cura, están que trinan, y sostienen que el que lo firma es otro Sánchez, que nada tiene que ver con los Sánchez de mi casa. ¡Qué burros!».
En idéntico sentido me hablaba el cura, y de paso me enmendaba la ortografía de algunos latines usados por mí malamente. De mis cuñados, á quienes enviaba gratis el periódico, solamente el procurador se dió por entendido, y aun por entusiasmado. Me lo demostró en una décima, en estilo curial, que tenía que ver.
En fin, que adonde quiera que miraba y por donde quiera que iba, hallaba el camino sembrado de flores.