Entre tanto, el gobierno de los polacos nos daba un disgusto cada día, y estaba poniendo en el disparadero la paciencia de la gente liberal. Hablábase de tropelías, de concusiones, de vandalismos; en fin, de todo linaje de desafueros cometidos por el poder; protestaba la prensa contra la opresión en que vivía, en un manifiesto al público, y eran encarcelados los repartidores y encausados y multados los firmantes; adheríanse á este manifiesto los periodistas y escritores de todas castas; uníanse estrechamente progresistas y moderados, y manifestábanse también contra la tiranía del Gobierno...; hasta «la juventud» indignada lanzaba su protesta correspondiente, pidiendo de paso «espadas; y si no las había, chuzos; y si no, piedras».

O'Donnell andaba oculto, porque burló la vigilancia de la policía, mientras salían «de cuartel», á varios puntos del reino, Armero, Concha, Infante... y no sé cuántos generales más; y muchos personajes civiles, unos á la fuerza y otros por precaución, desaparecían de la noche á la mañana; y como se había declarado una guerra á muerte entre el poder y las oposiciones, la palabra «insurrección» se traslucía en la forzada insipidez de los periódicos; oíase clara y terminante en las conversaciones de todos los corrillos, en la calle, en las tertulias y en los cafés... hasta que estalló en Zaragoza en forma de pronunciamiento, en el cual perdió la vida el brigadier Hore que se había puesto al frente de él.

La política, pues, lo absorbía todo en aquellos días vecinos á la primavera; pero la política tumultuosa, candente, convulsiva, oliendo á pólvora y á motín. En esto apareció El Murciélago, hoja clandestina que, bajo sobre enlutado, se colaba en todos los bolsillos, y hasta en los regios aposentos de Palacio; en la cual hoja se estampaban en letras de molde cuantas desvergüenzas se murmuraban al oído en las conversaciones reservadas. Y aquello fué un volcán, uno de cuyos cráteres más activos era la redacción de El Clarín de la Patria, como órgano de la fracción más inquieta y avanzada del progresismo de entonces.

¡Válgame Dios, qué hervidero aquél! El bueno de Redondo daba compasión, con los ojos hundidos, los bigotes erizados, los dedos sucios de tinta; sin comer, sin dormir, sin afeitarse; tan pronto perorando en la mesa de la redacción, como cuchicheando en el gabinete á puertas cerradas, con emisarios y cómplices; á veces escondido, á veces escondiéndose, sobresaltado, nervioso, inapetente... Bujes no cesaba de ir y venir. ¡Y qué gentes solían acompañarle! ¡Y qué cosas referían, y á qué cosas se brindaban! Los redactores, mis subalternos de la administración, los repartidores, todo el mundo hacía algo, servía para algo allí; todo el mundo menos yo, que, en aquellas horas de vértigo, atolondrado y absorto, hasta me olvidaba de que había en el periódico una sección que estaba á mi exclusivo cargo. Pero, en cambio, tenía, como nadie, el don desdichado de apropiarme los gustos, las impresiones y hasta las majaderías de los demás; una propensión funesta á contagiarme de las pasiones que flotaran en el ambiente que yo respirase; y, al cabo, me contagié de aquella fiebre revolucionaria que consumía á mis compañeros.

Síntomas de ella fué la admiración que comencé á sentir por los hombres que de tal modo se sacrificaban por la libertad de su patria; y Brutos, Catones y Gracos me parecían hasta Bujes y el portero de la redacción. El éxito ruidoso de los manifiestos y periódicos secuestrados por la autoridad, me llenaban de noble envidia; y comparándome yo con los hombres que tales riesgos afrontaban, dábame vergüenza del chisporroteo de mis batallas á alfilerazos con poetas y comediantes, y de los afeminados perfiles que mi pluma consagraba á los fútiles pasatiempos del mundo elegante.

Comencé á discurrir que, no obstante la importancia que mi altísimo ministerio (así llamaba yo al oficio) me prestaba entre editores, autores, empresarios, damas encopetadas y galanes á la moda; á pesar del pisto que yo me daba recibiendo, «en testimonio de consideración» y de otros sentimientos, ejemplares de cada libro, de cada comedia, de cada folleto, de cada copla que vomitaban las prensas de imprimir, la plaza de revistero prometía muy poco para en adelante; y el día en que la abandonara, nada me quedaría que la recordase sino la enemistad de los flagelados, el agradecimiento insulso y platónico de los pocos amigos á quienes había colmado de elogios, y el de las mujeres feas y de los hombres fatuos adulados por las lisonjas de mi pluma. Necesitaba yo, indudablemente, sin renunciar por entero á estos triunfos pacíficos, otros más resonantes y viriles; algo en que ejercitar las fuerzas que me prestaba la atmósfera que me envolvía, y más compatible con las aspiraciones de que me vi henchido de repente. Al logro de estas aspiraciones se caminaba por la sección de política palpitante de El Clarín. En busca de este camino enderecé resueltamente mis pasos.

Continuaba la prensa periódica más vigilada y opresa cada día; y, por lo mismo, más empeñados los periodistas en hablar de cuanto les estaba prohibido, que era mucho. De aquí el estudio y los esfuerzos de ingenio que se hacían para decirlo todo sin decir nada, y el hábito de afrontar riesgos muy graves á trueque de satisfacer las propias comezones y la curiosidad del publico, ávido de escándalos con qué entretener el desasosiego en que vivía.

Sin dar cuenta á nadie de mis proyectos; bien pertrechado de hojas sueltas y de algunos números de El Murciélago; tomando de las unas y de los otros hechos y nombres que yo desconocía, y procacidades y desvergüenzas calumniosas, cuya sola lectura me asustaba, convertílo todo en substancia y compuse con ello, en el silencio y la soledad de algunas noches, un Cuento oriental que concluía empalando el pueblo al Visir, hombre infame y tirano que tenía secuestrado al Califa á quien hacía, con viles amaños, encubridor de sus torpes y descomedidas ambiciones. Morían también los eunucos del serrallo y no sé cuántos servidores del alcázar, por desleales á su señor y cómplices del gran Visir en todos sus crímenes abominables. Estaban los lances del cuento rigurosamente ajustados á los sucesos políticos evidentes y á los rumores calumniosos del día, y abundaban las reflexiones satíricas y maleantes y los comentarios insidiosos, para que se fuera leyendo entre renglones lo que no alcanzaran á explicar los hechos descarnados del asunto. Dicho sea sin vanidad, el cuento resultaba no mal perjeñado, bastante entretenido y, á pesar de su tremebundo desenlace, muy risueño. Se le leí á Matica antes que á nadie, y le ponderó muchísimo.

—Parece mentira—me dijo,—que esto lo haya escrito la misma pluma que tanto ha barbarizado haciendo revistas literarias. Hay que publicarle, suceda lo que suceda.

Después se leyó á claustro pleno en el gabinete de la redacción.