—Aunque me cueste un viaje á Filipinas—exclamó Redondo entusiasmado,—esto se publicará, y en la sección de fondo: mañana mismo. La hoguera necesita más leña, y este solo tizón es un incendio. ¡Á las cajas!
¡Cosa rara! El Argos de la censura previa, que no daba paz á sus cien ojos rebuscando en los impresos delitos que perseguir, fué ciego aquel día con El Clarín de la Patria; y sólo cayó en la malicia del cuento después que los repartidores se habían echado á la calle. Entonces comenzó el ojeo de la policía; y con los estruendosos alardes de costumbre, se secuestraron simultáneamente los ejemplares que quedaban en la redacción y los que se arrebataron de las manos de los repartidores. ¡Á buen tiempo! Una gran parte de la tirada se había distribuido ya en Madrid; y con el pretexto de que los suscriptores que no habían recibido el número supieran la causa, El Clarín tuvo buen cuidado de referir en un suplemento el suceso, con el mayor número posible de pelos y señales.
Sucedió lo de siempre: el secuestro, y secuestro tan extemporáneo, avivó la curiosidad; buscáronse con avidez los ejemplares repartidos; leyóse el cuento pecaminoso; parecieron sus malicias de doble relieve del que les correspondía; cundió la fama de ellas; creció la curiosidad; y no bastando los ejemplares que existían en el dominio público, hízose copiosa edición clandestina del cuento; y de este modo no quedó casa ni café ni taberna ni bolsillo donde no anduviera mi obra, ni boca que no pronunciara el nombre del autor. Porque yo mismo le declaré, «en confianza», al primero que me preguntó por él, tan pronto como caí en la cuenta de que tanto ruido y matraqueo era un toque á gloria para mí, y lo confirmaron en todas partes, sabiendo que en ello me complacían, Matica y mis compañeros de redacción. Para que nada faltase á mi popularidad, Bujes, entusiasmado, y después de abrazarme conmovido, diómela en los barrios bajos repartiendo las hojas á docenas, descifrando los enigmas de la historia y ensalzando el talento y las cívicas virtudes del autor. Excitaba en la calle la curiosidad de los transeuntes, y me estrechaban la mano gentes que me eran desconocidas.
Yo estaba borracho de felicidad. Sin embargo, no dejaba de conocer que en circunstancias normales no hubiera producido el cuento tan extraordinario aplauso; que éste era obra de la persecución del Gobierno y del estado de los ánimos. En el embrollado mar de la política, no tienen otros méritos tantos y tantos escritos que después del mío se han hecho muy famosos.
Hasta tal extremo lo fué éste, que llegué á abrigar muy serios temores de que el Gobierno me disipara la embriaguez del triunfo con algún disgusto serio. Lo mismo opinaban mis compañeros y amigos.
En esto recibí una carta de Valenzuela, el cual me llamaba á su despacho para tratar de un asunto que me interesaba. La primera impresión que sentí fué de espanto. Después me tranquilicé considerando que para apoderarse el Gobierno de mí, no necesitaba tenderme un lazo, ni mucho menos valerse para ello de la mano de Valenzuela, en quien no podía concebirse tan ocioso alarde de maldad, por malo y pícaro que fuése.
Consulté el caso, y hubo tres pareceres: que acudiera á la cita; que no acudiera; que me ocultara. Opté resueltamente por lo primero.
¡Qué fino, qué cariñoso... y qué desmejorado hallé al rumboso manchego! Me tendió la mano y hasta me preguntó por mi padre.
—Quiero demostrarle á usted—me dijo,—que soy hombre de palabra, cumpliendo la que le empeñé aquí mismo, de avisarle tan pronto como pudiera ofrecerle algo que le conviniera.
—Siento muchísimo—respondí humildemente,—que ese testimonio de estimación con que Vuecencia me honra, llegue un poco tarde.