—¡Tarde!—exclamó Valenzuela:—¿por qué?
—Porque temiendo morirme de hambre—repuse sin altanería,—en espera de cosa mejor, acepté, apenas cesó Vuecencia en el alto cargo que hoy ejerce de nuevo, el empleo que un amigo me proporcionó en la administración de un periódico.
—Algo más que administrarle bien ha sabido el afamado revistero Pedro Sánchez—añadió Valenzuela en tono lisonjero, y, á mi parecer, acordándose más del Cuento que de las revistas;—y precisamente porque conozco esas muestras de su buen ingenio y de su gallarda pluma, quiero emplearle á usted de modo que dentro de sus aficiones, trabaje menos y le luzca más. ¿Entiende usted?
—Si Vuecencia se sirviera explicarse...
—Ante todo, déjese usted de tratamientos ceremoniosos, amigo Sánchez...
—Como usted guste,—dije siguiéndole el humor.
—Pues quiero—continuó Valenzuela, encareciendo mucho sus palabras con el tono y los ademanes,—darle á usted algo que no sólo valga la pena desde luego, sino que le sirva como de ingreso á más lucida y provechosa carrera. En este concepto, tiene usted á su disposición una plaza de redactor de un periódico que merece todas las simpatías del Gobierno, por estar identificado con su política salvadora. Ya sabe usted lo que esto significa, dicho en este sitio por un hombre como yo.
—No lo ignoro—respondí algo turulato, así por la índole como por lo inesperado de la oferta;—pero le ruego á usted que considere cuáles son las ideas de El Clarín de la Patria, y los compromisos de gratitud que tengo con él.
—Esas delicadezas le honran á usted mucho, señor Sánchez; pero han de servirle de muy poco. Los hombres consecuentes y los escritores concienzudos son los primeros que se mueren de hambre en los tiempos que se usan. Pero, en fin, allá usted. Por lo que á mí hace, atento solamente á lo que puede convenirle, le reitero la oferta. Dígame con entera confianza si la acepta ó no.
Me faltó valor para responder categóricamente lo que sentía, dando por cierto que los ofrecimientos de Valenzuela descendían por línea directa del éxito ruidoso de mi Cuento oriental, y le pedí el plazo de algunas horas para estudiar el asunto con la debida serenidad.