—Tómese usted cuantas necesite,—me respondió secamente, penetrado, sin duda, de mis verdaderas intenciones.
Despedíme con poco más que una fría reverencia, y volé á dar cuenta del suceso á mis amigos, que me aguardaban anhelosos en la redacción.
—No alcanzo—dije, después de referir punto por punto la entrevista,—qué interés puede tener el Gobierno en que yo escriba en su periódico de cámara, cuando cuenta con plumas bastante más diestras en esas lides que la mía.
—Lo que menos le importa al Gobierno—replicó Matica, que se hallaba presente,—es lo que usted pueda escribir en favor suyo: demasiado sabe él que la enfermedad que le está matando no se cura con sahumerios ni con panegíricos, aunque se los haga el mismísimo San Pablo; pero sabe también que el nombre de Pedro Sánchez, desde la publicación del Cuento oriental, que es obra suya, anda en todas las bocas que se complacen en decir algo malo de la situación; y que sería de gran efecto, por lo que desencantaría á las oposiciones, la aparición en todos los periódicos ministeriales de un sueltecito que dijera, sobre poco más ó menos: «Desde hoy figura entre los redactores de El Mensajero el joven y afamado escritor don Pedro Sánchez». Esto, en las actuales circunstancias, equivaldría al paso de un regimiento al enemigo en el momento de comenzarse la batalla. ¿Se entera usted? Pues para eso, para que deserte, le ha llamado á usted el rumboso Valenzuela. Conque ¿qué piensa usted contestarle?
—¡Que no!—respondí, muy ofendido de semejante pregunta.
—Pues dígalo usted por escrito—me aconsejó el madrileño con la conformidad de todos los demás,—y no envíe la carta hasta después de hallarse escondido en lugar seguro; porque para usted no hay escape: ó sacrifica á los dioses del poder, ó le envían á las fieras del circo.
La disyuntiva me espantaba; pero era la pura verdad. ¡Esconderme, renunciar á la luz y al aire de la libertad!... Y ¿en dónde? ¿hasta cuándo?
Don Serafín Balduque, que venía preguntando por mí, me halló en estas mentales lamentaciones. Confiéle en secreto la causa de ellas; y llevándome al rincón más apartado, me dijo al oído:
—Arregle usted sus cosas aquí y en la posada, y deje lo demás de mi cuenta, que yo le prometo encerrarle donde no le huelan los mejores sabuesos de la policía. Después de encerrado, me encargaré también de descubrir el encierro á las personas que usted designe... Pero que sean pocas, porque secretos de muchos...
Convine en ello de muy buena gana; y quedando con don Serafín en que volviera á buscarme después de anochecido, le pregunté: