—Y usted ¿para qué me buscaba?

—Á la noche se lo contaré á usted más despacio,—díjome, y salió de la redacción como un cohete.

Pasé el resto del día ocupado en los preparativos de mi viaje: escribí una carta muy fina á Valenzuela, y se la di á mis compañeros con encargo de que no la enviaran á su destino hasta el día siguiente. Después de anochecido volvió don Serafín; despedíme de todos, y salí con él.

—¿Adónde me lleva usted?—le dije en la calle.

—Á mi casa—me respondió muy ufano.—¿Dónde más seguro ni mejor cuidado había de hallarse usted, calabaza?

XXIII

No tuvimos necesidad de llamar á la puerta; pues Carmen, que nos esperaba detrás de ella vigilante, nos la abrió tan pronto como oyó el ruido de nuestros pasos. Asaltóme al entrar el recuerdo de la primera vez que había visto yo á la hija de don Serafín en aquel mismo pasadizo. ¡Con qué respeto, con qué ruborosa admiración á su belleza, con qué cortedad de lugareño la tendí la mano entonces! Pero en esta otra ocasión, después de lo que yo había aprendido en la escuela del chico y del gran mundo; de haberme acostumbrado al trato de tantas y tan diversas gentes; después de haber ejercido durante un año una verdadera dictadura en la república de las letras, y, sobre todo, con la aureola que me daba la persecución del Gobierno por la publicación de una obra cuya resonancia había hecho de mi nombre una bandera en la corte de las Españas, donde tantos hombres de altísimo valer viven obscuros y desconocidos, ¡qué grande me vi en la pequeñez de aquella morada, y con qué aires de protector me digné tutear á Carmen, mientras tomaba sus dos manos entre las mías y las contemplaba risueño y bondadoso desde la altura de mi grandeza!

Creo que no la desagradó aquella muestra de paternal confianza. Desde que me hice publicista, noté yo en ella, las pocas veces que nos vimos, ciertas señales de admiración á mi talento. No es de extrañar que la admiración llegara al asombro en aquellos días en que tanto ruido hacía mi nombre.

Condujéronme padre é hija al gabinetito de la sala, que habían destinado para mí, y noté bien pronto que á expensas de aquélla estaba muy bien provisto de muebles. Sobre una mesita con tapete encarnado, en el centro de la estancia, había recado de escribir, con abundancia de papel blanco, algunos libros y los últimos números de El Clarín de la Patria. Vi en todo ello la delicada previsión de Carmen, y le di las gracias con una mirada de grande hombre reconocido. ¡Sabe Dios en qué apreturas y estrecheces se habría metido aquella pobre familia para proveerme á mí de todo lo necesario!