Cuando nos quedamos solos en el gabinete don Serafín y yo, dije á éste:

—Antes de tomar posesión de este placentero refugio que usted me ha proporcionado, necesito decirle que sólo le acepto con la condición de que, mientras en él me halle, ha de correr de mi cuenta el gasto diario de la casa. De otro modo, ahora mismo me largo...

Hubo tras esto una porfía que no refiero porque se presume fácilmente, y quedó este punto arreglado del mejor modo posible.

—Ahora—añadí,—dígame usted qué me quería esta mañana cuando fué á buscarme á la redacción.

Nublósele la faz á Balduque, se rascó la cabeza, se atusó el crespo bigote con toda la mano y me respondió al fin, mustio y desalentado:

—Pues le quería á usted... ¡Qué calabaza! no sé á punto fijo para qué le quería. Por de pronto, para desahogarme un poco en la confianza de su buena amistad; después, para decirle: aquí está un hombre que no teme riesgos ni peligros; un hombre dispuesto á todo con tal de ganar honradamente... lo que gana el portero de la redacción... Porque ha de saber usted que estoy tres días hace sin el empleillo particular que desempeñaba. El usurero judío que me le dió, casi á regañadientes, dice que se basta y se sobra para desempeñarle, por la cama y la comida, un sobrinazo que le ha llegado, no sé de dónde; y me ha plantado en la calle. ¡Y en qué ocasión!... días después de haber levantado mi compadre su tienda de ultramarinos, y marchádose para siempre con su mujer al último rincón de Galicia. Por ahora no me apura la situación, porque hay algunos ahorrillos, á fuerza de economía, y estas mujeres ganan todo lo que necesitamos; pero pueden enfermar; puede llegar el día en que yo no las consienta trabajar tanto; puede... ¡Qué sé yo, calabaza!... Mire usted, señor don Pedro: de un tiempo acá ¡me entran unas aprensiones, unos temores... y unas murrias!... Me falta aquella fe que yo tenía antes para esperar la reposición en cuanto llegaba la cesantía. Últimamente he dado en verlo todo obscuro, en desconfiar del mañana y de los hombres... hasta de mis propias fuerzas. Y esto debe consistir en que, á mis años y con mi mala suerte, la menor contrariedad parece el fin de la vida... ¡Ahora se está armando una gorda, y se armará como Dios está en los cielos! No son tiempos éstos de pensar un hombre como yo en que le hagan justicia los mismos que le agraviaron... Llegará el día de reventar, y esto reventará... ¡vaya usted á saber por dónde, calabaza! De modo que negro el presente, obscuro el porvenir... Porque ríase usted, señor don Pedro, de toda esta vocinglería patriotera que se oye por todas partes; eso de moralidad, honra, justicia, economías y libertad, lo he oído yo gritar veinte veces en otras tantas vísperas de pronunciamiento: de buena fe si usted quiere y con igual entusiasmo que ahora; pero al día siguiente, después de ganar la partida, ¡música celestial!: lo mismo que los otros, punto más, punto menos. Lo mejor, para los atrevidos; y los desechados, á gritar contra ellos á la plaza... Ya lo verá usted. Por de pronto, bueno es que se arme algo, porque así no se puede estar; pero... Hablemos de otra cosa. Ésta es su cárcel de usted, y todos los carceleros estamos á su disposición con alma y vida... Duerma usted, pues, con entera tranquilidad, que mucha fuerza ha de mandar la desgracia para que le descubran aquí los polacos. Por de pronto, nadie le persigue todavía; quizá no se le persiga nunca, ¡y ojalá que tal suceda! Pero si no sucediese, considere usted que otros pájaros más gordos andan más á la vista, y aún no han dado con ellos los polizontes... Y ahora, dígame á quiénes he de enterar mañana del paradero de usted, y cuanto se le ocurra para el mundo de los vivos; porque, hoy por hoy, téngase usted por muerto, si no prefiere que le maten los polacos á disgustos; y entienda que entre ese mundo y usted, no ha de haber otro medio de comunicación que yo.

Hablamos, en efecto, de este particular que, por interesarme muy de cerca, hizo que me olvidara de la tribulación de don Serafín; después, por exigencia mía, entró Carmen con su labor en el gabinete; y en muy agradable tertulia los tres, se acercó la hora de recogerme.

Al otro día tuve un despertar medianejo. Limpia y cómoda era mi cárcel; monísima y dulce como una tórtola la carcelera; pero, al cabo, yo no era libre; y tras de no serlo, no estaba seguro de que á la hora menos pensada no me arrojara la suerte en una cárcel verdadera. ¿Cuánto duraría aquella situación? ¿Cómo se resolvería? ¿Qué sería de mí si la conspiración fracasaba y el Gobierno se afirmaba con el triunfo, y teníamos polacos para todo el año?

No quise echar mis pensamientos por este lado, y me arrojé de la cama. Una hora después me servía Carmen el chocolate en la mesita del gabinete.

—En verdad—la dije,—que muchos trocaran su libertad por mi cautiverio, si supieran qué carcelerita me sirve á la mesa.