—¿Chicoleos otra vez?—respondió Carmen con burlona sonrisa.

Acordéme de los de la noche de marras, y convine con la hija de don Serafín en que la había dicho una majadería.

—Le prometo á usted la enmienda—añadí,—si me perdona el pecado.

—Anoche me tuteaba usted,—me respondió.

—Otra majadería quizá,—repuse.

—No lo entendí yo así.

—¿Prefiere usted que siga tuteándola? En este caso, ha de ser á condición de que usted me tutee también.

—No es lo mismo,—dijo Carmen poniéndose más encendida que la grana.

—¿Por qué no es lo mismo? Si yo peinara canas, ó fuera un hombre de esos cuya sombra es un amparo... cuyo nombre inspira respeto; cuyo...

Esperaba yo que Carmen me atajara diciéndome: «cabalmente porque usted es de esos hombres»; pero no me atajó así, sino que dió media vuelta, y con una sonrisita muy mona, se fué, después de decirme, aludiendo al chocolate: