—Que aproveche.
Aquella mañana supieron mis compañeros de redacción y Matica el lugar de mi refugio; y recibí, con las precauciones convenidas la víspera entre nosotros, equipaje y libros. Según don Serafín, las cosas marchaban viento en popa; tanto, que Matica, aunque muy entrado ya junio, se quedaba en Madrid en espera de los acontecimientos que se preparaban; mi carta á Valenzuela había sido llevada á su destino, y el Gobierno buscaba sin descanso el escondrijo de O'Donnell, alma de la conspiración; pero no daba con él... Casi lo mismo que yo sabía antes de esconderme.
Después leí durante una hora; almorcé «en familia»; me paseé á lo largo de la sala y á lo ancho del gabinete hablando al mismo tiempo con Carmen, que cosía sin cesar, ó con su padre, que entraba y salía, ó con Quica cuando llegó á ayudar á Carmen. Luego, vuelta á leer otro rato y á pasearme en seguida... hasta que volvió de la calle don Serafín con cuatro noticiones absurdos y una noticia comprobada: la de que me andaba buscando la policía. Esto me hizo poquísima gracia, y noté que Carmen se inmutó al oirlo. Mostré una tranquilidad que no tenía, y á las seis comimos. Después de comer, lo mismo que la noche anterior.
Con ligerísimas variantes, ésta fué mi vida durante dos semanas. Mi padre, aunque sin saber todo lo que me pasaba, me escribía con sobre á Matica, y yo le escribía á él por conducto del cura del lugar: cuatro palabras secas para darnos mutuamente fe de vida: no estaban los tiempos para otros lujos.
Por fin se rompió la monótona regularidad de aquel vivir, el antepenúltimo día del mes. Volvió de la calle, á la hora de almorzar, don Serafín, cubierto de sudor y acelerado.
—¡Se armó la gorda!—dijo, arrojando el sombrero, y arrojándose él mismo después encima del sofá.
Quedéme boquiabierto; y Balduque me refirió lo siguiente en voz baja y anhelosa:
—Esta madrugada se ha pronunciado el general Dulce, director de Caballería, al frente de toda la que había en Madrid, más un batallón de infantería... Han dado el grito en el Campo de Guardias, donde se les ha unido O'Donnell para ponerse al frente del movimiento. Se cuenta con tropas de Toledo; toda la guarnición de Alcalá... ¡qué sé yo! y con el mismo demonio que se ha desencadenado para acabar con la infame polaquería. El Gobierno está aturdido, y no deja ni respirar á los sospechosos... ¡Ah! se me olvidaba: Redondo está en el Saladero con Sixto Cámara, Rivero y no sé quiénes más. Las gentes hormiguean en las calles, y comienza el conde de Quinto á publicar cada bando que asusta. En la redacción de El Clarín no he hallado más que al conserje... Se teme el alzamiento del pueblo; pero hasta ahora no se menea... De todos modos, la cosa es formidable, y el Gobierno está en capilla.
Pasé el día entre emociones, procurándomelas don Serafín con las noticias que me traía de vez en cuando, de sucesos que no se acentuaban todo lo que yo deseaba.
Al siguiente supe que El Clarín, como todos los demás periódicos que, tras de hablar algo fuerte en favor del pronunciamiento, no reprodujeron los decretos de la Gaceta deshonorando á los generales pronunciados, había sido suprimido por una orden de la autoridad militar. El 30 por la noche me espantó Balduque refiriéndome los horrores que se contaban del encuentro de las fuerzas insurrectas con las del general Lara en los campos de Vicálvaro, á las puertas, como quien dice, de Madrid, desde cuyos tejados distinguieron muchos curiosos, ó lo soñaron, el movimiento, y hasta oyeron el ruido de la batalla.