—¿Y en qué paró?—pregunté anheloso á don Serafín.
—Según el Gobierno—respondióme Balduque,—en que huyen á la desbandada y derrotados, los otros; y según los partidarios de éstos, en que las fuerzas de Lara se han refugiado en Madrid, acosadas por las tropas de O'Donnell hasta la puerta de Alcalá. No; y correr, bien corría calle abajo Vista-Hermosa, con un tropel de soldados que yo vi entrar al anochecer.
—Y el pueblo soberano ¿qué hace en presencia de esas cosas?
—Enterarse de ellas achantadito... Él sabrá la causa; porque agallas no deben de faltarle.
—Pues que las guarde para mejor ocasión,—dije, desconfiando de las supuestas agallas y comenzando á sentir el desaliento, que llegó á su colmo al saber al otro día que las tropas sublevadas tomaban el camino de la Mancha, en busca de la frontera de Portugal.
¡Dios mío! ¡cómo se me desvaneció entonces de repente todo el humo de la cabeza! ¡Yo político; yo revolucionario; yo autor de un escrito sedicioso, tejido tal vez de calumnias alevosas; yo perseguido por la policía; yo escondido como un criminal; yo expuesto á no poder andar sobre el suelo de mi patria á la luz del sol, como los hombres honrados! Y ¿por qué todas estas cosas? Por un falso y repentino entusiasmo, como el que anima al comediante cuando representa un papel que le han escrito, debajo de unos hábitos que no son los suyos, y delante de unas gentes á quienes no conoce. ¿Estaba yo seguro de que fuera cierto todo cuanto se decía del Gobierno que mandaba? ¿Serían más honrados los otros, puestos en las mismas condiciones? ¿No habría siquiera un poco de pasión de partido, algo de furor de secta, de deseos de lucro, de ambiciones de mando, de apego á los destinos públicos, en la mayor parte de los que le difamaban y le escarnecían y se levantaban en armas contra él? ¿No habría, entre tantos ardentísimos patriotas, algunos centenares de inocentes como yo, cuyos gritos de ¡adelante! fueran arrancados por el ansia de hallar una salida, después de haberse cortado incautamente ellos mismos la retirada?... Porque yo no cesaba entonces de pedir al cielo el triunfo de los pronunciados; y juro á Dios que sólo lo hacía por el deseo que me hormigueaba de andar libre por la calle, como el último de los barrenderos de la villa. ¡Y don Serafín, por todo consuelo, me traía los partes que publicaba el Gobierno, «para satisfacción del leal vecindario», dando cuenta á éste de las ventajas alcanzadas por la división perseguidora, de Blaser, sobre los perseguidos, los cuales, á creer al ministro interino de la Guerra, sólo esperaban, para presentarse en Madrid como rebaños de corderos, á que la Reina les perdonase la calaverada! Verdad que al mismo tiempo me traía noticias muy al contrario, que le daban para mí los redactores de El Clarín, iniciados en los asuntos de la revolución; pero ¡estaban tan desacreditadas las ponderaciones de la gente revolucionaria!...
Notaba Carmen éstos mis desalientos, y me dijo una vez:
—¡Qué pesada se le va haciendo á usted la cárcel!
—Bien sabe Dios—respondí,—que no es por culpa de sus guardianes.
—No lo será—replicó ella;—pero tampoco consiguen, por más que lo intentan, hacerle á usted llevadera la prisión.