—Pues ¿qué sería de mí—exclamé tomando entre mis manos una de las lindísimas de Carmen,—en tantos días de forzoso encierro, sin los cuidados que me consagra y los consuelos que me da y la luz que esparce en su derredor mi hermosa carcelera?
Una leve tinta ruborosa en sus mejillas fué la única respuesta que me dió. De pronto, retiró su mano, y preguntóme, tras un suspiro muy hondo:
—¿Usted sabe qué le pasa á mi padre?... ¿Ha hablado algo con usted?
—¿De qué, hija mía?—preguntéle yo á ella con mucha curiosidad.
—¡Qué sé yo!...—me dijo.—Hace tiempo, muchos meses, que no es lo que era. Anda caviloso... á lo mejor habla solo; apenas come, duerme muy mal... Cuando me ve, disimula, y hasta quiere bromearse como antes; pero más se le conoce así... Desde que perdió el empleillo particular y se marcharon á su pueblo mis padrinos, se han agravado tanto en él estas cosas, que á veces me da miedo... Cuando le pregunto algo, se ríe de lo que él llama «mis aprensiones»... Puede que tenga razón; pero antes no era así... Como ustedes hablan tan á menudo á solas, podía haber sido más franco con usted que conmigo.
—¡Bah!—exclamé, riéndome también de las aprensiones de Carmen,—¡no sea usted niña! ¿Qué me ha de haber contado su padre de usted? Es un manojo de nervios, y ahora le da por ahí.
Y no hablamos más, porque el tal, con un ruidoso taconeo, apareció en la sala diciéndome con gran encarecimiento:
—¡El brigadier Buceta, al frente de mucha tropa y mucho paisanaje, ha entrado en Cuenca!
—¿Y qué hacemos en Madrid en vista de ello?—preguntéle, siguiendo el hilo de una aprensión que se me había metido entre los cascos.
—Pues... achantaditos hasta que se presente la ocasión.