Pocos días después:
—¡Valladolid está en armas!
—¿Y el enano?—pregunté muy serio á don Serafín.
—¿Qué enano?—preguntóme á su vez éste, con asombro.
—El de la venta.
—No sé una palabra,—respondió Balduque con un candor angelical.
Echéme á reir de todas veras, aunque me estaban llevando los demonios de coraje.
Al día siguiente, lunes 17 por la mañana: don Serafín entrando desaforado:
—¡Zaragoza!... ¡Barcelona!...
—¡Y nosotros—dije yo,—ni por esas!