—Dicen—añadió don Serafín,—que el elemento militar ha desvirtuado la revolución; que no es el interés del pueblo lo que ha sacado á las tropas de los cuarteles...
—Cuatro días hace que me trajo usted un ejemplar del manifiesto de Manzanares, en el que se demuestra todo lo contrario.
—Hombre, sus razones habrá para no moverse; porque agallas no faltan.
El mismo día, al anochecer: Balduque entrando:
—¡Ahora sí que va de veras! Ya podemos gritar á voz en cuello: ¡mueran los tunantes! ¡mueran los ladrones!... Choque usted esos cinco. Desde esta mañana está el ministerio boca abajo. ¡Y el pobre pueblo, sin saber nada!... De modo que en cuanto lo ha olido al salir de los toros, ¡buf! ¡no le cabe en las calles! y grita que se las pela; y ha mandado que repiquen todas las parroquias; y pide las cabezas de los ministros, y la de...
—Pero ¿qué otro Gobierno se ha nombrado?—pregunté con ansia.
—Ninguno. Dicen si Córdoba está encargado de formarle; pero ó no quiere, ó no halla el modo, porque en este momento no hay más Gobierno en Madrid que la gente que grita por las calles.
—¿Es decir que yo soy libre de andar por donde se me antoje?
—¡Claro que sí, calabaza!
No quise saber más. Me vestí precipitadamente.