Don Sabas miró entonces a Neluco con ojos de alarma; Neluco al Cura; Chisco y Pito Salces a los dos; y todos se miraron unos a otros, y todos se detuvieron de repente como si obedecieran al impulso de un mismo resorte. Canelo y sus congéneres se detuvieron también y se arrimaron al grupo, mirando a todas las caras y exhalando entrecortados aullidos quejumbrosos.
—Aquello—dijo Sabas apuntando a la tromba—, ha de pasar por aquí sin tardar mucho... ¡Y en qué sitio nos coge!
Estaban a la sazón en el centro de una altura, casi una meseta, desamparada por todas partes y dominada hacia la izquierda por un picacho, entre el cual y la sierra se abría la boca de una barranca profundísima. Cerca de la barranca y en el lado de la sierra, había un robledal bastante espeso y de recios troncos. Escaso refugio era aquél y peligroso en sumo grado para defenderse de un enemigo tan formidable como el que se les iba encima a paso de gigante; pero como no tenían otro mejor a sus alcances, a él acudieron sin tardanza. Eligió cada cual su tronco, en la seguridad de que lo mismo podía servirle de amparo que de verdugo; y allí se estuvieron, encomendándose a Dios y respondiendo a las preces que en voz resonante le dirigía don Sabas, pidiéndole por la vida de todos, aunque fuera al precio de la suya propia.
Lo tan temido y esperado no tardó en llegar, negro, espeso, rugiente, furibundo, como si toda la mar con sus olas embravecidas, y sus huracanes y sus bramidos, y su empuje irresistible, hubiera salido de su álveo incomensurable para pasar por allí. Temblaron hasta los más valientes (y lo eran mucho todos los de aquella denodada legión), y ninguno de ellos supo darse cuenta cabal del principio ni del fin del paso de aquel tan rápido como espantoso huracán. ¡Y que solamente les había alcanzado uno de los jirones de la tromba, desgarrada en su primer choque contra las moles de la cordillera!
Hubo en el robledal ramas desgajadas y troncos removidos, y apareció desfigurado el suelo, barrido de nieve donde antes hubo mucha, y enormes cúmulos de ella donde había escaseado más. Esto fue lo primero que se metió por los ojos de los infelices, tan pronto como los abrieron para buscarse con la vista unos a otros. Nadie estaba en el sitio que había ocupado antes de la tormenta, y Pepazos yacía sepultado de medio abajo en una pila de nieve, fuera del robledal y a muy pocos pasos de la barranca... ¡Pero faltaba uno! ¡faltaba Chisco! y no respondía a las voces con que se le llamaba, ni se le veía por ninguna parte... ¿Dónde buscarle? ¿Qué sitio había ocupado en el robledal? ¿Quién estuvo cerca de él? ¿Quién le había visto al reventar la cellerisca negra?
En aquel mismo instante sacó Pepazos sus zancas de la nieve y rompió a hablar. Él se había salido del robledal por creerse más seguro afuera al sentir en la cara los primeros latigazos de «la nube». Observólo Chisco, que estaba a su lado, y le llamó para que se volviera al robledal antes con antes, si no quería salir volando por encima de la barranca o caer en ella sepultado, que tanto daba: Pepazos que no, y Chisco que sí, échase sobre el otro para meterle adentro por buenas o por malas; revienta en esto la cellerisca, y no volvió Pepazos a oír ni a ver ni a sentir cosa alguna de este mundo hasta lo que estaba viendo y oyendo a la presente.
Pito Salces, que no quitaba ojo a Pepazos ni perdía una sola palabra de las que iba diciendo el mozallón, en cuanto éste cesó de hablar se plantó de un saltó en la orilla de la barranca, y allí se puso a husmear, con la avidez de un perro de buena nariz, en todas direcciones y hasta en las negras profundidades del abismo. El dolor, la consternación de aquellas generosas y honradas gentes, no son para pintados. Se corría de acá para allá; olfateaba desesperadamente Canelo (a los otros dos canes los había barrido el huracán); se llamaba a Chisco en todos los imaginables tonos de la angustia humana, y se removían los montones de nieve con la pala, con la azada, con los pies, con las uñas... ¡y nada!
En esto se oye un grito de Pito Salces, y estas palabras que volvieron la vida a todos:
—¡Aquí está, puches! o yo no tengo ojos en la cara.
Hallábase el bueno de Pito esparrancado en el borde mismo de la quebrada y mirando ansiosamente hacia abajo. Allí, en el estrecho lomo de la única peña que avanzaba sobre el abismo y se arraigaba en la orilla, a cosa de treinta pies más abajo de donde afirmaban los suyos para mirar Pito y los que habían acudido a su llamada, se veía un cuerpo humano medio cubierto por la nieve. Indudablemente era el de Chisco, por las señales de su vestido y de su tamaño; pero ¿quedaría algo de vida en aquel ser que parecía inanimado? Pito sostenía que sí, porque se atrevía a jurar que había pescado cierta «movición» de brazo en él. De todas maneras, había que sacarle de allí. ¿Cómo? ¿Por dónde? Y aquí las ansias y la desesperación, porque el socorro era dificultoso y el tiempo apremiaba inexorable. El corte de la montaña por aquel lado era casi vertical, a pico sobre el barranco, y sólo había un ligero tramo, de talud muy enlomado, precisamente a plomo de la peña con la cual se unía por su base. Entre la peña y la base del talud había un espacio de algunas varas. En aquel espacio, muy arrimado a la peña y con bien marcada inclinación hacia el abismo, estaba lo que se parecía a Chisco boca abajo e inmóvil; parecer que confirmaba Canelo desde arriba latiendo desaforadamente y buscando una senda por donde lanzarse en ayuda de su dueño. Por razones de suma prudencia, mandó Neluco que se sujetara al perro en el acto y se le tuviera lejos del sitio en que se hallaban don Sabas, Pito Salces y él, discurriendo sobre el problema de la bajada. Ésta no era imposible, ni mucho menos, para aquellos arriesgados y duchos montañeses con los recursos auxiliares que tenían a su disposición; pero en aquellos instantes ofrecía un peligro tremendo, no para el que bajara, sino para el que se hallaba abajo ya, indefenso e inerte. El talud estaba cubierto, hasta la arista de arriba, de una capa de nieve que no mediría menos de vara y media de espesor, y debía de medir mucho más tal vez el doble, la que había en la explanada de abajo, en uno de cuyos lados yacía Chisco sin dar señales de vida, por más que siguiera jurando Chorcos que sí las daba. Remover la nieve de arriba, siquiera fuese ligeramente (y de aquí la precaución de Neluco tomada con Canelo), equivalía a producir un corrimiento de ella, que, ganando peso y velocidad de palmo en palmo, llegaría a la peña como un alud de bastante empuje para arrastrar a Chisco a los profundos de la barranca. Esto, que estaba en la mente de todos, era lo que los tenía febriles y consternados. Todos estaban dispuestos a bajar, pero a nadie le era permitido. Pito Salces, que no cabía dentro de sí mismo y andaba leguas por segundo en los tres palmos de suelo que ocupaban sus pies, se dio de pronto un puñetazo en la frente. ¡Puches! ya tenía la idea.