—¿Están las cuerdas listas?—preguntó.
Respondiéronle que sí.
—¿Alcanzará ca una de eyas hasta abaju?
Se le respondió que con sobras de otro tanto. Pidió luego una pala. Examinó la cuerda, midiéndola braza a braza; la dejó después enroscada en el suelo cerca del borde del barranco; puso la pala sobre la rosca, y volvió a asomarse al precipicio. Enseguida preguntó a los más cercanos de los que le miraban a él silenciosos y llenos de curiosidad:
—¿Habrá siquiera, siquiera, dos varas de nieve en la yanauca de ayá baju?
—Y más que más—se le respondió.
Quitóse los barajones en un periquete; los arrojó a un lado, enderezóse y dijo:
—Los rayos, ¡puches!, son pa cuando truena, y las oraciones, señor don Sabas, pa cuando se nesecitan como ahora mesmu.
Besó la mano al Cura; arrimóse otra vez a la orilla de la barranca; dijo a los que le contemplaban atónitos, por ignorar los planes que le movían a hacer aquellas cosas tan raras, que tuvieran listas la pala y la cuerda para cuando las pidiera él; miró un instante hacia abajo, santiguóse rápidamente, invocó a «Jesús crucificado...» ¡y allá va eso! Se lanzó al abismo entre el asombro y el espanto de todos. Hay que advertir que desde que se notó la falta de Chisco hasta aquella sublime barbaridad, no pasaron diez minutos. ¡Tan de prisa se andaba, se discurría y se obraba allí!
Los que vieron caer a Pito Salces (que fueron todos los que de la caravana quedaban arriba, Canelo inclusive) derecho, rígido como un huso, y haciendo de los brazos alas y balancín para gobernarse en los aires, no lograron averiguar cuál fue primero, si el hundirse en la nieve hasta la cruz de los calzones, o el echar las dos manos sobre el cuerpo inmóvil de su amigo, haciendo presa en él. Enseguida tiró del cuerpo con todas sus fuerzas, logró arrastrarle a su terreno y le dejó sobre la nieve en lugar más seguro y boca arriba. Todos conocieron a Chisco en cuanto le vieron así; pero ¡horror de los horrores! en el sitio en que había estado apoyada su cabeza quedaba un manchón de sangre que se distinguía perfectamente sobre la blancura deslumbradora de la nieve. Casi al mismo tiempo que se hacía este triste descubrimiento, gritaba Pito desde abajo volviendo la mirada hacia los de arriba: