Colocado en este terreno, pronto comprendí que lo que yo necesitaba desde luego y con urgencia para salir airosamente del conflicto, era adquirir otras ligaduras con qué sustituir las quebrantadas por la muerte; otro vínculo nuevo que me uniera a Tablanca, ya que no tan estrechamente como lo estuvo mi tío, hasta el punto, cuando menos, de que dejara la casona de ser cárcel para mí.
Bueno. Pero ese vínculo ¿dónde hallarle? ¿de qué casta era?... ¡Quién sabe los espacios que recorrí entonces con la imaginación enardecida y visionaria! En este viaje veloz y disparatado no hallé momento de tranquilidad ni de reposo, porque todo me parecía mal para hacer un alto de respiro... hasta que di en la más peregrina de las ocurrencias. Pero ya tenía siquiera una hipótesis en que detener el discurso fatigado. Pues a ello, y con toda la minuciosidad escrupulosa de quien, como yo, medita en asunto tan grave como aquél por vez primera en su vida. Elevé los pensamientos por encima de las enriscadas barreras del valle, y le llevé lejos, muy lejos de Tablanca; cerré los ojos, acudí a los repuestos de la memoria, y fui extrayendo de ella una verdadera legión de imágenes, a las que hice desfilar después, una a una, por delante de mí. Cuando hubo pasado la última figura de esta bizarra procesión, volví con el pensamiento a las montunas realidades de Tablanca... y me llevé las manos a la cabeza, como quien se percata de que ha estado colmándola de disparates para obtener ideas salvadoras. Apagué la linterna de mis cavilaciones y, ¡oh sorpresa!, con el último rayo de su luz vi pasar rápidamente por los términos ofuscados de la imaginación, una nueva e inesperada imagen que parecía llevar en sí la virtud de resolver todas las dificultades del conflicto. Pero... Y acabé por hacerme cruces y echarme a reír.
Riéndome estaba aún cuando entró Neluco.
—Así me gusta verle a usted—me dijo—, y no con la triste catadura de estos días atrás.
—Pues a ella volveremos, amigo Neluco—le respondí—, si Dios no hace el milagro que le pido.
—Sin embargo, usted se reía ahora...
—La risa del conejo...
—No insisto—repuso el médico—, porque no quiero que me tenga usted por imprudente; pero le aseguro que, sin ese temor, más de dos veces le hubiera preguntado, en estos últimos días, por los motivos de un desaliento que no ha podido usted disimular.
Despertaba esta declaración de Neluco la idea, no dormida enteramente en mí, de confesarme con él, como Facia se había confesado conmigo. Podía esperar mucho de los consejos de su experiencia, y, en último caso, el alivio que da en las apreturas del ánimo el recurso de departir sobre ellas con un amigo de buen entendimiento.
—Precisamente—le respondí armándome de resolución—, tenía yo grandes deseos de echar un párrafo con usted sobre los mismos particulares. Conque, ahora o nunca.