Cerré la puerta de mi gabinete, sentámonos los dos con la mesita entre ambos, y comencé a hablarle de esta manera:
—Ha de saber usted, amigo Neluco, que desde que volvieron a reinar el orden y el silencio en esta casa, después de muerto y sepultado mi tío, yo no sé en qué invertir las horas que me sobran dentro de ella... Me parecen interminables, no veo el modo de mejorarlas y me asusta lo porvenir con una perspectiva semejante. Esta es la verdad de lo que me sucede; le tengo a usted por buen amigo, y a usted se la declaro.
—¿Para qué?—me preguntó el médico, muy serenamente, después de contemplarme en silencio unos instantes.
—Por lo pronto—le respondí—, para que usted la conozca, y después, para que, si lo tiene a bien, me ayude con su autorizado consejo.
—¿A qué?—volvió a preguntarme con la misma serenidad de antes.
—¡Pues me gusta la ocurrencia, caramba!—exclamé yo un tanto picado por aquel modo de acorralarme, que se parecía mucho a una broma algo pesada—. ¿Qué se entiende aquí por ayudar a un hombre que perece en el fondo de un precipicio?
—Perdone usted—replicó el médico—; pero o yo no estoy en mis cabales, o el caso que me cita por ejemplo, no es aplicable enteramente al caso particular de usted. El que se halla en el fondo de un precipicio, no puede tener otro deseo que el de salir y alejarse de él; y a usted, en la situación en que hoy se encuentra, se le puede servir de dos maneras: ayudándole a salir de ella, o trabajar para hacérsela soportable y hasta divertida. Ahora usted dirá de cuál de estos dos extremos se trata.
—Del que mejor le parezca a usted—le dije—, o de los dos juntos... En fin, póngase usted en mi caso, y hábleme con franqueza.
—Pues con franqueza le digo—repuso el médico que no me extraña lo que le sucede a usted. Lo esperaba... Entendámonos: esperaba que muerto don Celso y solo usted en su casa, había de parecerle ésta más grande, más negra y más triste que antes, y el tiempo que pasara en ella, muy largo y enojoso. Nada más natural en un hombre de los gustos, de la educación y de los antecedentes mundanos de usted. Lo que no esperaba es que llegaran sus desalientos al extremo a que, por lo visto, han llegado... Pues mire usted, señor don Marcelo: ni por cortesía siquiera le aconsejo a usted que, para distraer su fastidio, se largue enseguida de Tablanca; consejo que, o yo no sé leer fisonomías o es el que más había usted de agradecerme. Y no se le doy, porque estoy segurísimo de que si se largara usted en la situación de ánimo en que se encuentra ahora, no volvería por acá en todos los días de su vida.
—Hombre—respondí yo cogido por la mitad de lo cierto—, eso es mucho decir.