—Usté.
—¿Yo?
—Usté mesmu... ¿Pa qué demontres quier los ojus de la cara, si no es pa ver lo que está delanti de eyus?
—Acaba de decirlo con mil demonios que te lleven: ¿quién es la madre de Tona?
—Pos Facia.
—¡Facia!—exclamé lleno de asombro—. Pero ¿Facia es casada?
—Por lo vistu—me respondió el mozallón con mucha flema.
—¿Con quién?—volví a preguntarle.
—Esa es la historia—respondióme él apuntando al suelo hacia atrás con el índice de su diestra, sin volver la cara ni disminuir el paso.
—Pues cuéntamela enseguida—le dije yo entonces, sentándome a horcajadas en el pico de una roca que sobresalía a un lado del sendero, no tanto por oír más a gusto lo que Chisco me relatara, como por descansar de la fatiga que me iba dando aquel nuestro incesante subir por la ladera del agrio monte. Habíamos ganado el primer tercio de su altura, y estábamos ya dentro de los términos de la gran mancha verde que se veía desde la casona «de mis mayores», es decir, del «Prao-Concejo», que desde allí me parecía interminable, inmenso, en la dirección oblicua de la senda que llevábamos. Chisco, cuando notó que yo me había sentado, se detuvo, volvióse hacia mí, se sonrió a su manera al verme tan bien acomodado, y, por último, retrocedió lentamente.