—Porque no es eso lo usual y corriente entre mozos de las condiciones personales de usted; porque con ellas y en Madrid y en roce continuo con el mundo y sus golosinas, lo natural es que se las vaya tomando el gusto.

—No he dicho yo que me desagradaran—se apresuró a replicarme el médico—. Lo que hay es que esas golosinas, sin desagradarme, no me satisfacían, no me llenaban, y me dejaban siempre despierto el apetito de otra cosa más del gusto de mi paladar.

—Y ¿cuál era esa cosa, si puede saberse?

—Lo de acá, la tierra nativa.

—Pero ¡qué demonios puede usted hallar en ella de apetecible hasta ese punto!—exclamé entonces, verdaderamente asombrado.

—Lo que no hay en lo otro—me respondió al instante.

—Pues no lo entiendo—concluí.

—Ni es fácil—me dijo muy sosegadamente—, desde el punto de vista de usted, tan diferente del mío.

—Diferente—añadí—, según y conforme; pues, al cabo, se trata de un hombre que ha visto el mundo algo más que por un agujero, y de aquí mi asombro precisamente.

Me miró entonces el mediquillo con cierta insistencia recelosa, cambió dos veces de postura en el sillón, sonrióse un poco y me dijo al fin: