—¿Tacharía usted a un hombre, de los llamados cultos, porque hiciera coplas... de las buenas, se entiende, o pintara cuadros magistrales, copiados de la Naturaleza?
—No por cierto—respondí.
—Pues aquí, donde usted me ve—añadió acentuando la sonrisa, que ya picaba en maliciosa—, me atrevo a creerme algo poeta y un poco artista... a mi modo, por supuesto.
—Enhorabuena—repliqué—; y sin adularle, no hay en la noticia el menor motivo para que yo me maraville; pero ¿en qué se opone ella a lo que yo digo?
—Supóngame usted—prosiguió el médico, sin dejar de sonreír, pero más animoso y atrevido que antes—, supóngame usted con el delirio del más grande de los poetas y con la fiebre del más admirable de los pintores; pero suponga también (y en ello no supondrá más que lo cierto) que no sé hacer una mala copla ni coger los pinceles en la mano; suponga usted igualmente que, aunque me enamoran las buenas poesías y los hermosos cuadros, no satisfacen por completo las necesidades de esa especie que padezco yo, y suponga, por último, que en este valle mínimo, y en los montes que le circundan de cerca y de lejos, cuya visión continua le abruma y le entristece a usted, y en el conjunto de todo ello, con la luz que lo envuelve, espléndida a ratos, mortecina a veces, tétrica muy a menudo, dulce y soledosa siempre, y con los ruidos de su lenguaje, desde el fiero de la tempestad hasta el rumoroso de las brisas de mayo, y su fragancia exquisita nunca igualada por los artificios orientales, encuentro yo cada día, cada hora, cada momento, el himno sublime, el poema, el cuadro, la armonía insuperables, que no se han escrito, ni pintado, ni compuesto, ni soñado todavía por los hombres, porque no alcanza ni alcanzará jamás a tanto la pequeñez del ingenio humano: el arte supremo, en una palabra... ¿No halla usted en esta razón, poco más que esbozada, algo que justifique estas inclinaciones mías que tan inexplicables le parecen?
—Algo hay, en efecto—respondí—; pero no lo bastante, a mi entender—y añadí, dejándome llevar demasiado de mis instintos un tanto prosaicos—: porque todo ello es, al cabo, mera poesía.
—Ya le he dicho a usted—me replicó, como si se excusara en broma de una grave falta—, que tengo la debilidad de creerme algo poeta, aunque meramente pasivo; pero es lo cierto que eso, tan mal expresado por mí, y sea ello lo que fuere, es, algo más razonado y en escala mucho mayor, lo mismo que yo sentía de muchachuelo en mi lugar; lo que echaba de menos en Madrid, y lo que parece necesitar mi espíritu aldeano para vivir a su gusto. Concédame usted para mi pecado—añadió con ademanes de la más esmerada cortesía—, siquiera la tolerancia que no negará a los hombres cultos de las ciudades, apasionados de los buenos cuadros y de los buenos libros.
—Aun así, y usted perdone mi insistencia—observé con un tesón que no era todo sinceridad ni del mejor gusto—, no me sale la cuenta que usted se echa a sí propio. Esos hombres de la ciudad no viven constantemente entre sus libros y sus cuadros.
—Tampoco yo entre los míos—replicó el médico enseguida.
—Esos hombres—continué yo, aparentando no enterarme de su réplica por el gusto de enredarle en otras nuevas acabarían por hastiarse de sus cuadros y de sus libros y por tomarlos en aborrecimiento si no llevaran a menudo su atención a otras ocupaciones y a otros lugares muy distintos... ¡Pero esta monotonía de aquí!...