Al otro lado del puente había unas casas de muy alegre aspecto: parecióme de parador el de una de ellas, y allá me fui. Parador era, en efecto, y taberna bastante bien surtida. Mandé dar un pienso a mi cabalgadura y pedí unas frioleras para mí, más que por satisfacer una necesidad que no sentía, por comprar el derecho de descansar un poco a la sombra y en un banco, bajo techado, ya que no era posible hacerlo al aire libre recreando los ojos en la contemplación del mar, que con estar tan cerca de allí, no se veía más que por el negro boquerón de la ría.

Era ya bien corrida la una de la tarde cuando volví a cabalgar. Repasé el puente, y sin dirigir la vista al camino real que dejaba a mi izquierda, comencé a desandar aguas arriba lo que había andado por la mañana aguas abajo. Al llegar a Robacío, vi que me esperaba en la brañuca contigua a la portalada de marras, toda la familia de la casona aquélla, con el padre en primer término. Bien sabe Dios que hice voto solemne en mis adentros de no echar allí pie a tierra, como no me desmontaran a tiros. Era el cuñado de Neluco un hombre bastante gordo y no muy alto, moreno y atezado de rostro, con anchas patillas grises, pelo recio y poca frente. No hablaba tanto como su mujer, pero no era menos afectuoso y hospitalario que ella. Con la disculpa (y era la pura verdad) de que llevaba las horas muy medidas, hablé poco y me ingenié mucho para que no hubiera modo de enredar la conversación que me amenazaba a cada instante por el lado de la mujer de aquel buen hombre. Estrechéle, al fin, por segunda vez la velluda mano, con los ofrecimientos y las cortesías de costumbre, y con un «adiós» a todos los presentes, corté los cumplidos con que me despedían, y me largué.

Resuelto a que no me cogiera la noche cerrada en el camino, saqué al pobre animal que me conducía, los ijares y hasta las asaduras a espolazos. Por un milagro de Dios llegó vivo a casa. Pero llegó al fin, y no tan tarde como iba yo temiéndome a medida que le veía perdiendo fuerzas y tambaleándose por el áspero camino.

Por lo que a mí toca, llegué en la misma situación de ánimo que un estudiantillo novel a la cárcel de su colegio, después de haber pasado largas vacaciones con su familia: jurándome a mí propio no volver a salir de Tablanca solo y por aquel camino, para no caer nuevamente en la mala tentación de escaparme.

XIII

Hablando unos días después con Neluco de esta excursión, me dijo cuando vino al caso:

—Pues ahora necesita usted hacer otra, aguas arriba.

Respondíle que ya la había hecho con el Cura en una ocasión bastante reciente y de muy placentero recuerdo para mí. Replicóme que con don Sabas sólo había visto yo lo que le convenía a él que viera para los fines que llevaba, y yo necesitaba ver algo más, y aun estaba obligado a ello: por ejemplo, Promisiones.

—Atravesé todo el valle—respondí—, y conservo perfectamente su aspecto general en la memoria.

—No es bastante—me replicó el médico—. En ese valle hay un pueblo, que es el principal...