—Le vi también...

—De lejos.

—De lejos y de cerca tiene muy poco que ver.

—Exacto—dijo Neluco—; pero en ese lugarejo hay una casa solariega... la de los Gómez de Pomar, sangre de rancio abolengo que corre también por las venas de usted.

—Hombre—interrumpió aquí mi tío que estaba presente, mientras Neluco se sonreía como si se burlara de las mismas ponderaciones que iba haciéndome, que veas a Promisiones, bien está; que conozcas de vista la casona de los Gómez de Pomar, pase también; pero que lo que queda allí de esa sangre vieja valga la pena de meter su jocico en aquel estragal un cabayeru como tú... ¡pispaju! eso sí que lo niego a pies juntos.

—¡Pero si allí no queda gota de esa sangre, don Celso!—replicó Neluco.

—¡Mira a quién se lo cuenta!—respondió mi tío—. Pero de allí es la que queda... Dios sabe si en presidio.

—Yo me refería a la casa solamente...

—Que ni siquiera es de «ellos» ya... porque los sinvergüenzas desaforaos, la dieron por un pellejo de vino en cuanto faltó el baldragazas que los engendró en una osa montuna. ¡Cascajo! mala centella los parta en dos por los riñones.

—Y al fin y al postre, ¿qué viene a importarle ya esa caída a don Marcelo? ¡Le toca tan poco del parentesco!...