—Pues a cumplir otra promesa—añadí—, que no pude hacerle a usted entonces por falta de oportunidad, pero que quedó hecha en mis adentros, vengo yo ahora.
—Ya estás sentándote y hablando—me dijo a esto, arrojando sobre la cómoda los papeles que hojeaba, sentándose después en una silla junto a la caja del brasero e indicándome que hiciera yo lo propio en otra que estaba enfrente de ella.
—En lo de sentarme—le dije, haciéndolo—, le obedezco a usted desde luego; pero en lo de hablar... no tanto.
—¡Esta es buena, trastajo! ¿Por qué, hombre?
—Porque quiero darle a usted la preferencia, como debo, en lo que mutuamente tenemos que decirnos, según parece.
—Vaya, vaya, déjate de cumplimientos, y empecemos por el caso tuyo, que para el mío siempre hay lugar. Conque ¿qué es lo que se te ocurre, hijo mío?
—Pues lo que se me ocurre—dije yo comenzando a tocar las dificultades de acometer de frente un asunto de tan delicada naturaleza como aquél, cuyo punto de partida era nada menos que la muerte de mi venerable interlocutor—, se me ocurre, mi querido tío, algo que se relaciona con otro algo que le oí a usted esta mañana y me produjo muy honda y muy amarga impresión...
—A ver, a ver—interrumpió el pobre hombre acercando más su silla a la mía, mientras se pintaba en sus ojuelos chispeantes la curiosidad que le devoraba.
—No crea usted que se trata de una cosa del otro jueves—añadí sonriéndome.
—Sea del otro jueves o del otro sábado, ¡venga esa cosa por derecho y sin envoltorios, hombre!—me respondió con un brío inconcebible en su extenuación cadavérica.