—Corriente—le dije yo, no sabiendo cómo armonizar mis escrúpulos con sus impaciencias—; pero después de declarar, para la debida inteligencia, que yo tomo el caso en el punto mismo en que usted le puso y le dejó esta mañana.

—Declarado y entendido... ¡Adelante ahora!

—Me dijo usted entonces, metido en la injustificada aprensión de que iba a morirse pronto... y Dios no lo confirme.

—Ésa es cuenta de Él y mía... ¡Adelante, Marcelo!

—Me dijo usted, repito, confesándome además que esa... aprensión...

—Aprensión, ¿eh?

—Que esa... cavilación, si lo prefiere así, era la que le estaba matando; que a usted no le espantaba la muerte, sino el morirse, el cesar de vivir, el irse del mundo para siempre, porque hace mucha falta en él y no deja quien le reemplace en su labor de toda la vida. ¿No es ésta, tío, la sustancia de lo que usted me declaró?

—Justa y cabal, Marcelo; justa y cabal...

—Y por eso, por esa pena tan grande, por ese modo tan triste de ver las cosas, iba usted perdiendo la tranquilidad y el sueño... y hasta la vida...

—Ni más ni menos, ¡pingajo!... ¡hasta la vida!