—Una alucinación como otra cualquiera; pero, en fin, así lo ve usted, y esto basta para su martirio que, en definitiva, es real y verdadero. Pues bien: si usted tuviera un hijo que le sucediera en sus inclinaciones, en sus propósitos y en sus obras, no hubiera cabido en usted ese temor a la muerte, ni esa... aprensión de morirse... Creo que es esto lo que también me dijo usted esta mañana, o me lo dio a entender, por lo menos.
—No, no: lo dije; y si no resultó bien claro, fue porque no supe decirlo.
—Corriente; pero sucede que no existe ese hijo, y que tampoco me dijo usted si la falta de él puede sustituirse con... algo.
—¿Con qué, Marcelo? ¿Con qué?
Y aquí el bendito de Dios erguía su cabeza, alargando el pescuezo descamado y rugoso y devorándome con los ojos anhelantes.
La emoción es contagiosa, y no logré darle, sin descubrir algo de la mía, esta breve respuesta:
—Verbigracia, con un deudo de su mismo apellido de usted...
Se revolvió convulso entonces en la silla, comenzó a resobarse una contra otra las manos trémulas, avivó las llamas de sus ojos que no apartaba de los míos, y me dijo ansiosamente después de haber acudido en vano dos veces a los registros de su voz:
—Venga el nombre de ese deudo... si es que le conoces tú. Por lo que a mí toca, no conozco más que uno.
—Pues si le conoce usted...—apunté yo, prefiriendo, por un sentimiento harto fácil de estimar, que la insinuación partiera de él.