—Y ¿qué adelanto yo con conocerle?—exclamó aquí mi tío, detenido probablemente por el mismo reparo que yo.
Dándolo por cierto y con entera resolución de llegar cuanto antes al fin que me proponía, le añadí:
—Con franqueza, tío: aunque nada me ha dicho usted nunca de ello, muchos síntomas bien claros me han hecho creer que, en su opinión, no caería mal en esta casa, mañana u otro día, ese pariente a quien ambos nos referimos.
—¡Cascajo... pues yo lo creo!... ¡Como santo en su peana!
—Y ¿por qué no me lo ha dicho usted derechamente?
—Pues, hijo del alma, y franqueza por claridad, porque no me gustan santos a la fuerza; y para serlo de buena voluntad y de la clase que se necesitan aquí, no veía yo la mejor madera en ese pariente mío. ¿Lo quieres más neto?
Iba, entre tanto, difundiéndose por toda su faz, lívida y acartonada, una expresión de intensa alegría; pero con tal rapidez, que no parecía sino que le daban impulso los mismos vendavales que zumbaban entre los peñascos y jarales del contorno. Y cuando le dije terminantemente lo que pensaba decirle, se incorporó con la agilidad de un muchacho, me miró con unos ojos en que se pintaba la exaltación de su espíritu resucitado, y exclamó:
—¡Tú, Marcelo!... Nada menos que tú... ¡el hijo de mi hermano Juan Antonio!... ¡Un Ruiz de Bejos de pura casta, sano y garrido como un trinquete!... Pero ¿lo has pensado... lo has medido bien, hijo mío? ¿No hay en tu arranque algo... vamos, algo de caridá que te ciegue? ¿Sabes bien todo lo que pesa esa carga en un hombre de tu ropaje? ¿Será posible que Dios misericordioso lo haya sido conmigo también en esto que le he pedido tan de veras?
—Vamos a cuentas sobre ello, querido tío—le dije levantándome yo también según iba creciendo su exaltación, y tomando sus manos entre las mías—. Vamos a cuentas, y a cuentas claras: el simple deseo de usted, declarado con franqueza, me hubiera bastado, desde que estoy en Tablanca, para brindarme, sin esfuerzos ni violencias, a lo que me he brindado hoy, en el supuesto aventurado de que yo le sobreviva a usted...
—Déjate de supuestos, hijo, y dalo por cosa hecha... y para muy pronto: yo sé a qué atenerme sobre eso mejor que tú.