Tan ricamente había pasado la noche y tan animado le hallé acabando de rezar sus oraciones acostumbradas, que me costó mucho trabajo reducirle a que no me acompañara hasta el portal. En vista de ello, despedíme hasta el mediodía, y me volví a mi cuarto donde me aguardaba Chisco... y el café caliente, con tostadas, que por encargo del mozón me había preparado Tona... En fin, que media hora después estábamos Chisco y yo, armados hasta los dientes, en el portal, donde Pito Salces, con su espingarda al hombro y una perruca faldera al lado, entretenía sus impaciencias oliscando a Tona en sus trajines de arriba.

Soltó Chisco el Canelo que ya latía en su perrera, oliéndose lo que se estaba fraguando entre nosotros, y me mostró su regocijo, al verse libre, poniéndome las manos sobre el pecho... y a riesgo de perder el equilibrio con la fuerza de sus cariñosas demostraciones.

Andando ya monte arriba, me declaró Chisco, en respuesta a una insinuación mía, que no habían querido, él y Chorcos, enterar a nadie más que a mí del hallazgo del oso, porque tal como se presentaba el lance, era «cosa curriente» y a «cañón posau...» y cuantos menos bultos, más claridad. No era yo de su parecer, y creía que, cuando menos, la compañía, por ejemplo, de don Sabas, nos hubiera venido de perlas. Que no y que no, y que ellos sabían muy bien lo que se pensaban. No dije una palabra más sobre el caso.

Tampoco tenía duda para mis acompañantes que el animalote aquél debía haberse dado, durante el temporal, la gran vida en su refugio, porque harto lo parlaban el esqueleto fresco y casi mondo de una yegua, visto por Pepazos en una «rejoyá» de las cercanías de la cueva, y una becerruca extraviada de la cabaña, al ir al abrevadero desde el invernal de Escajales, que no había vuelto a aparecer. Era, por más señas, de Maquileros, un vecino del Tarumbo. De manera que se trataba de un oso cebado en carne fresca y a qué quieres, boca. ¡Excelente ocasión la de nuestra visita para afinar el apetito de su merced!

Enlazado naturalmente con esta conversación, vino el plan de ataque a la fiera en su misma guarida después de cerciorados nosotros de que estaba en ella. La cosa no podía ser más fácil, tal como la ponían los dos cazadores que conocían a palmos la cueva y sus inmediaciones. También se discurrió sobre la eventualidad de que su merced hubiera salido de paseo o en busca de provisiones al llegar nosotros a su casa, en la cual habría señales infalibles de su modo de vivir y de la mayor o menor frecuencia con que la abandonaba. Pero si había familia en el domicilio, como era también de creerse, serían muy contados los ratos que faltara de él la madre... «u el padre». De modo que resultaban posibles contra nosotros tres, en aquel desatinado empeño, dos osos, sin contar la prole, que podía ser abundante y talludita. Por supuesto que me guardaba muy bien de apuntar estas observaciones que se me iban ocurriendo a medida que hablaban los dos mozallones: tenía empeñado mi amor propio en aquella empresa, y no quería que se interpretaran mis razones de sentido común, por señales de encogimiento.

Después vinieron los consejos y las instrucciones para mí, que jamás me había visto en otra. Me parecían muy bien, sólo que todos ellos se fundaban en una misma base: la serenidad y el buen pulso. ¡Como si estas pequeñeces se llevaran, en lances tan peliagudos, en el morral de las provisiones o en el cinto de la cartuchera! Acordábame yo entonces, de algo semejante que había visto en una piececita francesa muy graciosa. Cierto mercader de pieles se presenta en una aldehuela del Pirineo con un buen acopio de ellas, adquirido en Argel: por esto, y por llevar los fardos y las maletas determinadas iniciales, y por algo que él dice sobre el clima africano y las cacerías en aquellas selvas, tómanle los sencillos aldeanos, que eran muy aficionados a la caza, por un famoso matador de leones. Déjase correr él que lo ha notado, porque le tiene cuenta la equivocación para sus fines mercantiles, y comienza el asedio de preguntas de aquellos admiradores entusiastas del perínclito francés. «Pero, vamos a ver—llegan a preguntarle—, ¿cómo puede un hombre ponerse cara a cara con un león y atreverse a soltarle un tiro?» A lo que responde muy sosegadamente el peletero: «De la manera más sencilla. ¿No se han visto ustedes alguna vez cara a cara con una liebre? Pues imagínense, en cuanto estén delante del león, que el león es una liebre... y no hay más.» «Efectivamente—replica el menos optimista de los preguntantes, rascándose la cabeza—; sólo que me parece un poco difícil hacer esas suposiciones delante del león.»

La montaña, desde que yo no andaba por ella, había cambiado mucho de aspecto: los robledales que dejé bastante bien vestidos todavía, aunque con el ropaje mustio y amarillento, se hallaban completamente desnudos, y lo mismo les pasaba a las hayas y a los arbustos de «hoja mudable». El suelo estaba «deslavado»; la yerba de las brañas, tendida y atusada como el pelo de una cabeza recién sacada del agua, y era cada hondonada un torrente. Según íbamos ganando altura, encontrábamos más a menudo grandes placas o «tresechones» de granizo congelado en las laderas sombrías, y desde los picos de Europa hasta los de Sejos, todas las cumbres que se alcanzaban a ver estaban cubiertas de nieve, en la que centelleaba el sol al herirla de frente con sus rayos.

Así era el aire ambiente, frío y cortante como una navaja de afeitar. Pues con todo ello y con lo penoso que era de andar el camino que llevábamos, por lo resbaladizo del suelo y la multitud de obstáculos que nos oponían los desbordados arroyos, no me iba pareciendo largo. Puede que consistiera esto en las pocas ganas que yo tenía de llegar al fin de nuestro viaje; porque desde luego no consistía en lo divertido de mi conversación con los dos mozones ni en los extremos de regocijo a que se entregaba Chorcos a cada instante, como si fuera a sus propias bodas. Tal era su irracional inquietud, que andaba dos o tres veces el camino, igual que los perros que iban con nosotros. Intentando pararle los pies un poco, pero muy principalmente lanzar la conversación a otro terreno más agradable, solté entre ambos el tema de sus amoríos con las respectivas mozonas. Pito acudió a mi llamada como un mastín a la mano que le ofrece medio pernil. Chisco, que caminaba a mi lado sin perder el compás de sus aplomados movimientos, apenas dejó descubrir en una mirada sosona y descolorida, que se había enterado de la alusión. Chorcos me declaró sin ambages que estaba «amerluzaón del too» por la criada de mi tío; la tenía en las «telucas de los ojos» y «metía de patas en el corazón. Vamos, ¡puches!, que si no se salía con la suya, no sabía lo que sería de él». Ella, hasta la presente, no le había dicho que no... ni tampoco que sí; verdad que él, por su parte, no había sido todo lo claro que debía de ser... «¡Puches, lo que le encogía el respeto en cuanto se veía a la vera de ella! Pero la madre... y don Celso... y la cara que la mesma Tona le ponía a lo mejor... ¡y pué que por verle tan acobardao!... De toas suertes, ¡puches!, Tona era Tona, y él acabaría por salirse con la suya, o por ajuegarse de hipu amorosu, pero no con el ñudo del pasapán...»

Era lo mismo, plus minusve, que ya me había dicho otras dos veces andando conmigo por los montes. De manera que en aquellas fechas no había adelantado su negocio un solo paso.

Tampoco el de Chisco, según éste me confesó muy sereno, y eso que le tenía algo más adelantado que Pito Salces el suyo. Tanasia había llegado a decirle claramente que «por su parte, sí, y de aquí no intentaba pasar el de Robacío, porque sabía que el Topero le rechazaba por no ser de Tablanca y por ser pobre, dos cosas que él no podía remediar. Acordéme yo entonces de que la segunda tenía remedio en el testamento de mi tío, y le dije: