—Es verdad que la primera es irremediable; pero la segunda ¿por qué ha de serlo, Chisco? A lo mejor amanece por lo más obscuro... o si no suben los muladares, bájanse los adarves, y allá salen los unos con los otros en altura.

—Psh—me contestó encogiéndose de hombros—, y, por último, que se queden las cosas como están. A mí no me ajondan tantu como a Pitu esus malis en la entraña. No val Tanasia menos que Tona; pero tan rogá, tan rogá, se van quitando pocu a pocu las ganas de eya... y tamién, esu de que le pongan a unu en puja y en remati con un jastial como Pepazus... vamus, que jaz mal estómagu... Y, en finiquitu, el güey sueltu bien se lambe, y pué que sean permisión de Dios esos trompiezus, pa librarme en el día de mañana de otrus que me descalabraran pa toos los días de mi vida... Dende que tuvi dientis pa royeli, estoy ganandu el pan en casa ajena, y no me ha idu mal así. ¿A qué apurase un hombre por cambiar de suerti cuando no sabi lo que han de dali por lo que deja?

Con estas filosofías de Chisco y las intemperancias de Pito Salces, acabamos de subir una ladera de suelo escurridizo, y nos vimos al comienzo de una ancha sierra que descendía en suaves ondulaciones hacia nuestra izquierda. Atajábala por allí el frontispicio pedregoso de un alto monte que la dominaba en toda su longitud, y estaba separado de ella por una barranca. Sobre ésta se alzaba, y como al medio de aquel perfil de la sierra, un peñón blanquecino que parecía la capucha, vista por detrás, de un manto de titanes, pardo obscuro, extendido allí para secarse a los rayos del sol que iluminaba toda la vasta superficie.

A la derecha del peñón comenzaba una mancha verdinegra, como de monte bajo, que desaparecía pronto en las sombras de la barranca; y a la izquierda, un pedregal de poco relieve entretejido de malezas.

Apuntando al peñón me dijo Pito Salces en cuanto nos vimos en la sierra, porque Chisco ya lo sabía por serle bien conocido el escenario:

—Ayí está la cueva aonde vamus.

Me temblaron las carnes. Y luego añadió apuntando al perfil más elevado de la sierra, hacia nuestra derecha y refiriéndose al oso:

—Bajandu de ayí y como dende la metá del caminu hasta onde nos jayamus nusotrus, lu vi ayer. Salía de aqueyus carrascalis y se jue por delanti del peñascu onde está la boca de la cueva; y no pasó al lau de acá, ni se golvió por el otru, porque yo no aparté el oju de ayí mientras anduve a güen pasu el caminu, ni en la media hora larga que aquí mesmu estuvi parau.

Chisco, sin decir una palabra, ató el Canelo con un cordel que llevaba liado a la cintura, y mandó a Chorcos que hiciera otro tanto con la perruca, antojándoseme a mí que había leído en la actitud sobresaltada de aquellos nobles animales, la confirmación de los supuestos de Pito, al cual advirtió, con la amenaza de amarrarle a él también si no tomaba en serio la advertencia, que no hiciera cosa alguna sin que se la mandaran hacer.

Con todos aquellos preparativos y mandatos, y muy singularmente con lo raso y desamparado de la extensión que había entre el peñasco y nosotros, acabé de amilanarme. ¿No era una barbaridad asaltar a pecho descubierto la guarida de una fiera? Se lo dije a Chisco y me respondió, muy secamente, que no, añadiéndome que lo importante era que no le faltara a nadie la serenidad: en teniéndola, todo lo demás corría de cuenta de él.